(23 de mayo de 2026) – Mensaje del Cielo a la hermana Beghe, Francia

(Lectura: 2 min.)
«Mis queridos hijos,
Hoy deseo hablarles de corazón a corazón. Mi Corazón está tan lleno de ternura, de amor, de afecto, que no me canso de decírselo y, sobre todo, de demostrárselo. Se lo he demostrado perfectamente, divinamente, durante Mi estancia en la tierra, y, sin embargo, soy lejano, ausente, inexistente para tantos de ustedes.
¡Si supieran cuánto Me preocupo por ustedes, por cada uno de ustedes, en todo momento y dondequiera que estén!
Me confío a ustedes: les amo intensamente, profundamente, les conozco perfectamente, nada de lo que les sucede Me deja indiferente, respondo a sus oraciones con Mis gracias, con Mi divina Providencia, y a veces, a pesar de profecías serias y creíbles, cambio el curso de los acontecimientos para darles aún tiempo de convertirse, de volver a Mí, de aferrarse a Mi doctrina, la cual no cambia ni cambiará jamás.
Dios no cambia, a diferencia de los hombres inestables.
Cuando un hombre madura, crece en edad y en experiencia, cambia con respecto a lo que era cuando era pequeño y estaba lleno de ilusiones respecto a la vida.
Cuando era pequeño, ya conocía a la humanidad tal como era: rebelde, independiente y orgullosa, y Mi sabiduría causaba admiración entre los doctores a quienes ya instruía, sin dejar de ocupar Mi lugar de niño de doce años.
Mi papel en la tierra fue también enseñar y no dejo de hacerlo a través de la voz de Mi Iglesia, Mi Esposa, a quien le he encomendado la tarea de enseñar y de guiar hacia Mí a Mis hijos y a toda la humanidad.
¿Pero qué es lo que [Mi Iglesia] hace en gran medida hoy en día?
¿Lo saben, lo ven?
Hoy, mañana y el lunes son como un tríptico dedicado al Espíritu Santo, que vino a dar a los apóstoles la plenitud de la gracia, por la cual la Santa Iglesia continuará su obra a lo largo de los tiempos.
No se le prometió a la Iglesia que no conocería la tentación, pero siempre recibirá la gracia para superarla y, si ha caído, para levantarse; al nombrar a Pedro, jefe de Mi Iglesia, le dije:
“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18).
Esta promesa hecha a Pedro y a sus sucesores no los protege de la tentación; la historia de la Iglesia está llena de dificultades y tormentas, pero Ella siempre se ha levantado, retomando el hilo de la Tradición y confirmándola siempre con firmeza y fidelidad.
Lo digo y lo repito: toda Mi doctrina se encuentra en los evangelios; nombré a Pedro jefe de los apóstoles; fundé la Iglesia sobre un jefe, y cualquier dilución de la autoridad en intentos de democracia en Mi Iglesia está condenada al fracaso.
San Pablo se había opuesto enérgicamente a San Pedro en cuanto a la circuncisión de los paganos convertidos a Jesucristo; Pedro se sometió a ello y la epístola a los Gálatas demuestra claramente que la fidelidad a Jesucristo es más importante que la fidelidad a cualquier otra ley.
Así, encontramos en los evangelios todo lo que nos permite permanecer fieles a Jesucristo y no dejarnos arrastrar por un modernismo innovador o por la aceptación de costumbres condenadas por la enseñanza del Señor: tal es el caso del adulterio, de los matrimonios de divorciados o de cualquier relación llamada “privilegiada” fuera de una relación de esposos unidos ante Dios.
La virginidad y la castidad son queridas por Dios y deberían ser el sello distintivo de todo cristiano. La pureza de cuerpo y espíritu, la castidad y la templanza son virtudes morales que todo católico debe practicar; si no las practica, se pone en estado de pecado y debe recurrir al Sacramento de la Penitencia con la firme resolución de apartarse de él.
Esta es una ley fundamental de la Santa Iglesia y si la enseñanza de un papa pudiera apartarse de ella, debería arrepentirse porque forma parte del Decálogo en sus Mandamientos 6.º y 9.º y sigue siendo la Ley de Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.
Quiero, hijos Míos, conducirles por Mi camino, Mi Doctrina, Mi Ley. No hay otras por las que puedan ser salvos, y Yo he dicho:
“El cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán” (Mt 24, 34).

Sepan bien que ninguna enseñanza puede cambiar Mi ley; si los hombres cambian, Dios no cambia y Su Ley permanece.
Durante Mi vida terrenal entre los pecadores, les tendí la mano; no alenté sus pecados, sino su conversión. Luego fui condenado a muerte por aquellos que, como guardianes de la ley, no quisieron Mi Ley, Mi enseñanza, Mi Autoridad.
Así es también hoy. Los guardianes de Mi Ley la han tergiversado, la han modernizado y las iglesias se han vaciado; muchas iglesias caen hoy en ruinas porque ya no son frecuentadas ni mantenidas; el laicismo, es decir, la negación de Dios, ha ocupado el lugar de la religión y no es raro hoy en día ver a católicos encarcelados por no haber respetado el laicismo imperante, es decir, el libertinaje en lugar del amor a la Francia o a la Europa cristiana.
Hijos Míos, regresen a la fuente, a la religión católica de sus antepasados, esa religión que hizo de Francia una nación cristiana y la protegió, la de Santa Juana de Arco.
Yo soy su Dios, siempre y sin concesiones ante el demonio y sus secuaces; ¡permanezcan conmigo, a mi lado, y defiéndanme!
Les bendigo, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (+). Así sea.
Jesucristo, Su Maestro y Su Dios».
Fuente: https://srbeghe.blog/





Dios Padre: «



“Si supierais cómo resplandecéis después de acercaros debidamente al Sacramento de la Confesión. (Jesús) está en el Confesionario y escucha cada palabra, ve en cada rincón de vuestro corazón y está deseoso de otorgar las gracias inherentes a Su Perdón.
“¡Os pido Mis hijos predilectos que paréis esta abominación! ¡No más ministros extraordinarios de la Eucaristía! ¡No más comuniones distribuidas por laicos, ni más comuniones en la mano!”




"Me coloco en la presencia de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y por el poder de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, rompo, desbarato, pisoteo, aniquilo e invalido y cancelo de mi ser físico, síquico, biológico y espiritual, toda maldición que haya sido puesta sobre mí, sobre mi familia y árbol genealógico, por cualquier persona, familiar o antepasado por medio del ocultismo o espiritismo. Por el poder de la Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo y por la intercesión de la Santísima Virgen María, San Miguel, San Gabriel, y San Rafael, rompo e invalido toda maldición, cualquiera que sea su naturaleza en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén (Repetir 3 veces la oración)"
"Oh Jesús de la Divina Misericordia, escucha mis súplicas hacia Ti, pues estoy aquí para hacer tu voluntad."
"Oh Glorioso Patriarca San José, Padre adoptivo de Jesús y Esposo Humilde y Casto de María; poderoso intercesor de las almas y guardián Fiel de la Iglesia; acudimos a vos, amado Padre, para que te dignes ampáranos y socorrednos en la lucha espiritual contra los enemigos de nuestra alma. Ven en nuestro auxilio y por tu humildad y pureza, líbranos de todo mal. San José terror de los demonios, venid en mi auxilio (3 veces)."
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén"
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el Cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo; tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.
"Oh, Corazones de Jesús y de María; me consagro, consagro mi familia y al mundo entero, a vuestros Amantísimos Corazones. Atended a la súplica que os hago y aceptad nuestros corazones en los Vuestros, para que seamos librados y protegidos nosotros y el mundo entero de toda maldad y de todo pecado. Que la protección de vuestros Dos Corazones, sean refugio, fortaleza y amparo, en las luchas espirituales de cada día. Que el poder de vuestros Dos Corazones, irradie al mundo para que sea protegido de la maldad y el pecado. Nos consagramos voluntariamente y consagramos a la humanidad entera avuestros Corazones; seguros y confiados por vuestra Gran Misericordia, de obtener la victoria sobre las fuerzas del mal en este mundo, y la Gloria Eterna en el Reino de Dios. Amén."