(20 de mayo de 2026) – Mensaje del Cielo a la hermana Beghe, Francia

(Lectura: 2 min.)
«Mis muy queridos Hijos, Mis muy queridas Hijas, Mis muy queridos Hijos e Hijas,
Ustedes son Míos; les amo paternal y fraternalmente como nadie más puede amarles; es un amor extraordinario que supera todos los amores de la tierra. Los amo por ustedes y por Mí; les doy Mi Amor en abundancia, pero ustedes, o al menos pocos de ustedes, no logran comprender lo que es este Amor.
Este Amor Me impulsó a querer salvarles, eso lo comprenden, pero a costa de Mi propia Vida, de intensos sufrimientos morales, espirituales y corporales, y eso lo comprenden menos.

Los sufrimientos corporales fueron intensos, Mis sufrimientos morales fueron aterradores y, además, Mis sufrimientos espirituales lo fueron aún más.
Sufrí lo que podría asemejarse a la condenación, aunque Mi Alma, tan pura y divina, solo sufrió ello en el momento de Mi última lucha, aquella en la que, abandonado por Dios y por los hombres, solo y sin socorro, me enfrenté a la ignominia, al estrangulamiento, a la captura tentacular de miles, de cientos de miles de demonios, todos apestosos, horribles, desfigurados y verdaderamente espantosos.
Mi Alma aguerrida no quiso dejarse intimidar, no quiso dejarse encadenar, no quiso ser capturada, pero Dios no lucha, no golpea, no se rebaja al mal y, ante el Mal total, conservó Su Majestad, Su Omnipotencia, Su Justicia y Su Superioridad. Mi Alma, abandonada a sí misma por el hecho de que llevaba sobre sí todos los pecados de la humanidad, conservaba Su estado real, compuesto de santidad, penitencia, humildad y Majestad, de Autoridad y de Severidad hacia el Mal, y este estado trascendía a pesar de los pecados de los que estaba revestida.
Entonces, en un impulso de una fuerza inconcebible para la horda infernal, me despojé ante ella de ese espantoso atuendo con el que estaba revestido. Este fue mi segundo despojo, siendo el primero aquel de la total humildad con la que acepté la Cruz, las humillaciones, los golpes y la muerte corporal.
Este segundo despojo, el de Mi Alma, fue el de otra victoria, y aparecí, en medio de los demonios, con una blancura inesperada, tan luminosa que no pudieron soportar su resplandor; Mi Autoridad divina los apartó de Mí mientras Yo Me liberaba de su presión, sin una palabra, por Mi sola Autoridad y Mi sola Superioridad.
Subía entonces de los infiernos, pasando por las diferentes esferas del mundo invisible; llevaba allí la esperanza, la liberación de los justos y, para los enfermos que debían sanar, les abría las puertas del Purgatorio.

Mi Alma, dejada sola tras la muerte de Mi Cuerpo, se reunió con el Espíritu divino, Aquel que es Dios, resucité Mi Cuerpo y me encontré entonces plenamente a mí mismo: Cuerpo-Alma-Dios. Esta última prueba es poco conocida por los Míos; fue profunda, intensa, aterradora, pero victoriosa.

Mi Pasión ya ha sido tan analizada, rezada, meditada y escrita, así como la grandeza de Mi Muerte en la Cruz, pero no he contado la prueba particular y personal de Mi Alma tras Mi muerte corporal. La prueba no había terminado tras Mi último suspiro en la Cruz; esta última prueba fue tan dura, aterradora y mortal para Mi Alma como lo fue Mi muerte física en la Cruz.
Si no Me hubiera esforzado, a lo largo de toda Mi vida, por no sucumbir a la tentación, no habría podido soportar esta última batalla. El enfrentamiento del Alma divina con el Mal total fue tal que, así como le dije al demonio en el desierto: “No tentarás al Señor tu Dios” (Mt 4, 7), Me mostré entonces ante todos ellos en la Blancura Inmaculada de Mi Estado real: “Luz nacida de la Luz, Dios verdadero nacido del Dios verdadero” (Credo de Nicea). Ellos desistieron y Yo desaparecí para siempre fuera de su alcance.
Hijos Míos, lo he conocido todo, lo he sufrido todo, pero nunca he sucumbido al pecado, esa tan gran debilidad de la humanidad. Lo he cargado sobre Mí, pero nunca he participado en él.
Despréndanse del pecado siguiendo Mi ejemplo y, por Mi gracia, llegarán al Cielo, donde el pecado no existe.
Los espero allí; les he abierto la puerta; imítenme, sigan Mis pasos y los recibiré en Mi morada divina, donde les preparo un lugar, el suyo, aquel que les he reservado para siempre.
Aún tengo muchas cosas que decirles, temas de hoy y temas de mañana, cosas del mundo y otras del Cielo, pero tengan la certeza de que las cosas del Cielo son siempre las más importantes:
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 25, 35 – Lc 21, 33).
Les bendigo, hijos Míos, en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (+). Así sea
Su Redentor y Su Dios».
Fuente: https://srbeghe.blog/





Dios Padre: «



“Si supierais cómo resplandecéis después de acercaros debidamente al Sacramento de la Confesión. (Jesús) está en el Confesionario y escucha cada palabra, ve en cada rincón de vuestro corazón y está deseoso de otorgar las gracias inherentes a Su Perdón.
“¡Os pido Mis hijos predilectos que paréis esta abominación! ¡No más ministros extraordinarios de la Eucaristía! ¡No más comuniones distribuidas por laicos, ni más comuniones en la mano!”




"Me coloco en la presencia de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y por el poder de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, rompo, desbarato, pisoteo, aniquilo e invalido y cancelo de mi ser físico, síquico, biológico y espiritual, toda maldición que haya sido puesta sobre mí, sobre mi familia y árbol genealógico, por cualquier persona, familiar o antepasado por medio del ocultismo o espiritismo. Por el poder de la Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo y por la intercesión de la Santísima Virgen María, San Miguel, San Gabriel, y San Rafael, rompo e invalido toda maldición, cualquiera que sea su naturaleza en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén (Repetir 3 veces la oración)"
"Oh Jesús de la Divina Misericordia, escucha mis súplicas hacia Ti, pues estoy aquí para hacer tu voluntad."
"Oh Glorioso Patriarca San José, Padre adoptivo de Jesús y Esposo Humilde y Casto de María; poderoso intercesor de las almas y guardián Fiel de la Iglesia; acudimos a vos, amado Padre, para que te dignes ampáranos y socorrednos en la lucha espiritual contra los enemigos de nuestra alma. Ven en nuestro auxilio y por tu humildad y pureza, líbranos de todo mal. San José terror de los demonios, venid en mi auxilio (3 veces)."
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén"
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el Cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo; tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.
"Oh, Corazones de Jesús y de María; me consagro, consagro mi familia y al mundo entero, a vuestros Amantísimos Corazones. Atended a la súplica que os hago y aceptad nuestros corazones en los Vuestros, para que seamos librados y protegidos nosotros y el mundo entero de toda maldad y de todo pecado. Que la protección de vuestros Dos Corazones, sean refugio, fortaleza y amparo, en las luchas espirituales de cada día. Que el poder de vuestros Dos Corazones, irradie al mundo para que sea protegido de la maldad y el pecado. Nos consagramos voluntariamente y consagramos a la humanidad entera avuestros Corazones; seguros y confiados por vuestra Gran Misericordia, de obtener la victoria sobre las fuerzas del mal en este mundo, y la Gloria Eterna en el Reino de Dios. Amén."