(17 de junio de 2026) – Mensaje del Cielo a la hermana Beghe, Francia

(Lectura: 2 min.)
«Mis muy queridos hijos,
Ustedes lo son todo para Mí y se lo digo a cada uno de ustedes que me leen. Su amor a cambio me colma de alegría y felicidad, y hacen feliz a su Dios tanto en la tierra como en el Cielo.
Sí, he disfrutado en la tierra de su amor personal hacia Mí, aunque Mi siglo precedió al de ustedes; pero, al ser Dios y por la Comunión de los Santos, su amor y sus sacrificios me han alegrado en Mi tiempo presente en la tierra.
Así pues, a todos los he visto, a todos los he conocido, a todos los he amado porque Yo era Dios, Yo soy Dios, y para Mí el tiempo no tiene ni presente, ni pasado, ni futuro; para Mí el tiempo ES, así como Yo SOY.
Hijos míos, piensen en Mí, ámenme como una realidad muy presente en su vida, en su compañía, en su día a día. A menudo piensan en Mí en Mi eternidad, pero piensen también en Mí a su lado de manera permanente.
Sí, estoy junto a ustedes como un amigo que camina visiblemente a su lado y los toma de la mano para evitar que se caigan.
Soy su mejor Amigo, siempre preocupado por ustedes, siempre atento, incluso apartando de su camino los peligros que ni siquiera han imaginado. Su ángel de la guarda también está siempre a su lado; tanto él como Yo estamos atentos a su vida, a sus palabras, a sus actos: piensen en Mí, en su bendita Madre María, quien también está junto a ustedes.
Vean cómo el Cielo está presente, preocupándose por cada uno de ustedes, apartando a menudo los peligros de sus imprudencias, de sus descuidos, de sus excesos.
Además, también permito que se manifiesten las consecuencias de sus actos y de sus pecados, porque la vida está hecha de tal manera que toda acción —buena, mala o incluso neutra— conlleva consecuencias; caminar implica un cambio de lugar, alimentarse implica el sustento del cuerpo, los actos de caridad traen beneficios, pero, por el contrario, el egoísmo acarrea inconvenientes para los demás e incluso para uno mismo.
Pienso en cada uno de ustedes continuamente; piensen en Mí de la misma manera y caminarán por el camino hacia el Cielo.
Hijos míos, que Dios esté con ustedes y que ustedes estén conmigo. Su vida les ha sido dada para su felicidad eterna a mi lado, y esta realidad supera infinitamente sus alegrías terrenales.
Si aprecian la felicidad terrenal, ¡imaginen entonces lo que les espera si siguen mis leyes, si se entregan a mí sin reservas!
Sí, eso es lo que les pido: entréguense a Mí por completo, prepárense para dar su vida por Mí, tal como Yo les he dado la Mía.
Quiero prepararlos para la entrega total de ustedes mismos y, si ese es su destino, acéptelo con tanto amor y entusiasmo como Yo acepté el Mío.
La época actual es una época de decadencia, de desintegración, y ustedes, queridos padres, cuiden bien de sus hijos para que se mantengan firmes sobre los cimientos de la fe que no cambia, que no evoluciona, que no debe desvanecerse.
El mundo puede cambiar, pero Mi enseñanza no cambia; es para todos los tiempos.
“Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará aún fe en la tierra?” (Lc 18, 8).
Hijos míos, Yo soy Dios y quiero acogerlos contra Mi Corazón porque el mundo los negará como a Mí me negó. Los príncipes de los sacerdotes y una parte del pueblo que los seguía Me condenaron y Me dieron muerte.

Ahora bien, “el siervo no es mayor que su Maestro; Si me persiguieron a Mí, también los perseguirán a ustedes” (Jn 15, 20) [1].
Se lo repito: toda persecución contra los Míos se llevará a cabo por odio a Mi Ley, por odio a la Cruz y por odio a Dios. No se sorprendan; siéntanse orgullosos de su filiación divina, pues es la nobleza más hermosa, y la Cruz es el parecido con su Maestro; es su huella filial.
Les amo, los sostengo y los bendigo.
En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (+). Así sea.
Su Señor, su tan gran Amigo».
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El Señor nos está advirtiendo con delicadeza de la inminente llegada de las persecuciones contra los cristianos, como en los tiempos de las catacumbas, por parte de los poderosos y de quienes profesan creencias e ideologías hostiles, por odio a Su Ley, por odio a la Cruz y por odio a Dios, y de que estemos seguros de Su cercanía y de Su ayuda. Muchos seguirán el ejemplo de los mártires o negarán su fe para salvar su vida, mientras que otros se unirán a los perseguidores. ¡Ánimo!

El padre Francisco Vera, un sacerdote de edad avanzada, murió fusilado en Jalisco (un estado de México ubicado en la parte occidental del país y que da al océano Pacífico) por celebrar la Santa Misa en 1927, durante la persecución de los cristeros que duró tres años, del 3 de agosto de 1926 al 21 de junio de 1929, entre el gobierno y las milicias de católicos que se oponían a la aplicación de la llamada Ley Calles, que garantizaba la separación entre la Iglesia y el Estado, o sea, la laicidad.
Fuente: https://srbeghe.blog/




Dios Padre: «



“Si supierais cómo resplandecéis después de acercaros debidamente al Sacramento de la Confesión. (Jesús) está en el Confesionario y escucha cada palabra, ve en cada rincón de vuestro corazón y está deseoso de otorgar las gracias inherentes a Su Perdón.
“¡Os pido Mis hijos predilectos que paréis esta abominación! ¡No más ministros extraordinarios de la Eucaristía! ¡No más comuniones distribuidas por laicos, ni más comuniones en la mano!”




"Me coloco en la presencia de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y por el poder de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, rompo, desbarato, pisoteo, aniquilo e invalido y cancelo de mi ser físico, síquico, biológico y espiritual, toda maldición que haya sido puesta sobre mí, sobre mi familia y árbol genealógico, por cualquier persona, familiar o antepasado por medio del ocultismo o espiritismo. Por el poder de la Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo y por la intercesión de la Santísima Virgen María, San Miguel, San Gabriel, y San Rafael, rompo e invalido toda maldición, cualquiera que sea su naturaleza en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén (Repetir 3 veces la oración)"
"Oh Jesús de la Divina Misericordia, escucha mis súplicas hacia Ti, pues estoy aquí para hacer tu voluntad."
"Oh Glorioso Patriarca San José, Padre adoptivo de Jesús y Esposo Humilde y Casto de María; poderoso intercesor de las almas y guardián Fiel de la Iglesia; acudimos a vos, amado Padre, para que te dignes ampáranos y socorrednos en la lucha espiritual contra los enemigos de nuestra alma. Ven en nuestro auxilio y por tu humildad y pureza, líbranos de todo mal. San José terror de los demonios, venid en mi auxilio (3 veces)."
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén"
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el Cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo; tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.
"Oh, Corazones de Jesús y de María; me consagro, consagro mi familia y al mundo entero, a vuestros Amantísimos Corazones. Atended a la súplica que os hago y aceptad nuestros corazones en los Vuestros, para que seamos librados y protegidos nosotros y el mundo entero de toda maldad y de todo pecado. Que la protección de vuestros Dos Corazones, sean refugio, fortaleza y amparo, en las luchas espirituales de cada día. Que el poder de vuestros Dos Corazones, irradie al mundo para que sea protegido de la maldad y el pecado. Nos consagramos voluntariamente y consagramos a la humanidad entera avuestros Corazones; seguros y confiados por vuestra Gran Misericordia, de obtener la victoria sobre las fuerzas del mal en este mundo, y la Gloria Eterna en el Reino de Dios. Amén."