(3 de agosto de 2026) – Mensaje del Cielo a la hermana Beghe, Francia

(Lectura: 3 min.)
«Mis muy queridos hijos,
A ustedes que me leen con regularidad y a ustedes que me leerán por primera vez: los llamo a mí porque los tiempos no son buenos, empeoran día a día y ustedes son y serán sus víctimas.
Los precios al por menor suben, el costo de los viajes aumenta, pero muchos de ustedes se van de vacaciones sin preocuparse por Mí, por su fe o por los deberes que tienen para con Dios, su Creador y Dispensador de todo bien.
Todos ustedes son conscientes de la dificultad que tienen los países de Europa, e incluso de otros lugares, para gestionar adecuadamente a sus ciudadanos; están dirigidos por hombres que ya no se preocupan por Dios.
Por ello, se encaminan hacia la catástrofe y, si estos son reemplazados por otras fuerzas políticas que tampoco se vuelvan hacia Mí, sus países no saldrán del fango en el que han caído, sino que se hundirán cada vez más en él.

Oren, hijos Míos, oren por su país, el suyo, dondequiera que esté, para que regrese a Mí y para que la religión católica vuelva a ser la religión de Estado, tal como lo fue, pero de la cual las revoluciones los han alejado.
Otros países no han tenido esa gracia de ser católicos, pero preveo que Mi religión, la Mía —y es Jesucristo quien les habla—, debe convertirse en poco tiempo en la religión universal, que es lo que significa la palabra “católica”.
Deseo que el mundo entero sea católico, volcado hacia Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con el fervor que Yo encontraba en Mis apóstoles y discípulos, así como en los primeros cristianos. Ellos no temían permanecer fieles a Mí incluso en la prueba del martirio, y Yo los recibí en Mi morada divina con la alegría y los honores que merecían por su total fidelidad.
Las tensiones en el mundo van en aumento, las pruebas locales se multiplican, los hombres están consternados; huyen hacia el olvido de las dificultades en esta época de vacaciones o bien lloran porque se ven duramente afectados, pero, salvo algunos cristianos solitarios, no piensan en volverse hacia Mí para aliviar sus heridas o para repeler las pruebas que los abruman.
Observen los crucifijos que no se han quemado en medio de los peores incendios; los santuarios donde se reza se han salvado del ardor del fuego, y ustedes no sacan de ello las conclusiones necesarias: ¡allí donde se Me honra y se Me venera, Yo protejo y lo hago de manera evidente!

Hijos Míos, vayan a la iglesia, recenme también todos los días en sus hogares y yo los protegeré en las múltiples dificultades que le esperan al mundo.
Arrodíllense ante la Majestad de Dios, no teman dar testimonio público de su fe; los mártires lo hicieron y yo los llamo al martirio.

Que tal llamado no les asuste; hay varios tipos de mártires:
- Los mártires morales;
- Los mártires espirituales;
- Los mártires de sangre.
- El martirio moral comienza con las críticas, la burla y el oprobio;
- El martirio espiritual proviene de lo que Dios permite en la vida cotidiana y que el fiel ofrece en unión con el Señor en la Cruz, pero que los seres queridos o el vecindario no necesariamente perciben;
- Y, por último, el martirio de sangre; este es bien conocido: es la persecución física y/o la muerte a causa de Mí.

Mis mártires son iguales entre sí y, en el Cielo, cada uno posee la aureola muy particular del don total realizado durante su vida en la tierra.
Hijos Míos, los llamo a esta entrega total de ustedes mismos en unión con Mi Cruz. Regresen a sus iglesias, recen el rosario, que es el arma de combate entregada al mundo por Mi Madre y que, por sí sola, puede movilizar a todos los ejércitos angelicales.

Esos ejércitos son Mi fuerza de ataque, más poderosos que las bombas más mortíferas, y todos ustedes son capaces de movilizarlos en la batalla que librarán al suplicar a Mi Santísima Madre; y Ella, a su vez, se volverá hacia Mí porque los escucha, los oye y, como en Caná, no puedo resistirme a Ella.

Se acercan días oscuros, cada vez más oscuros; no tengan miedo, trabajen, oren, y Dios no los dejará solos. Él los protegerá de los incendios, de las bombas y de los agresores, de la inseguridad en las ciudades y de la invasión del campo; recen el rosario, tengan fe y permanezcan confiados y serenos a Mi lado.
Les amo, Mis muy queridos hijos, a cada uno de ustedes y dondequiera que se encuentren; conságrense a Mí, les daré toda la fuerza que necesiten a lo largo de los días y los meses; no los abandonaré si ustedes no Me abandonan.
El Padre de los Cielos, Dios, no puede abandonar a los Suyos y, pase lo que pase, mientras sigan siendo Sus hijos devotos y piadosos, Él no dejará de estar a su lado.
Que el Padre de Jesucristo les bendiga, y así lo hace: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (+). Así sea.
Su Señor y su Dios».
Fuente: https://srbeghe.blog/



Dios Padre: «



“Si supierais cómo resplandecéis después de acercaros debidamente al Sacramento de la Confesión. (Jesús) está en el Confesionario y escucha cada palabra, ve en cada rincón de vuestro corazón y está deseoso de otorgar las gracias inherentes a Su Perdón.
“¡Os pido Mis hijos predilectos que paréis esta abominación! ¡No más ministros extraordinarios de la Eucaristía! ¡No más comuniones distribuidas por laicos, ni más comuniones en la mano!”




"Me coloco en la presencia de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y por el poder de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, rompo, desbarato, pisoteo, aniquilo e invalido y cancelo de mi ser físico, síquico, biológico y espiritual, toda maldición que haya sido puesta sobre mí, sobre mi familia y árbol genealógico, por cualquier persona, familiar o antepasado por medio del ocultismo o espiritismo. Por el poder de la Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo y por la intercesión de la Santísima Virgen María, San Miguel, San Gabriel, y San Rafael, rompo e invalido toda maldición, cualquiera que sea su naturaleza en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén (Repetir 3 veces la oración)"
"Oh Jesús de la Divina Misericordia, escucha mis súplicas hacia Ti, pues estoy aquí para hacer tu voluntad."
"Oh Glorioso Patriarca San José, Padre adoptivo de Jesús y Esposo Humilde y Casto de María; poderoso intercesor de las almas y guardián Fiel de la Iglesia; acudimos a vos, amado Padre, para que te dignes ampáranos y socorrednos en la lucha espiritual contra los enemigos de nuestra alma. Ven en nuestro auxilio y por tu humildad y pureza, líbranos de todo mal. San José terror de los demonios, venid en mi auxilio (3 veces)."
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén"
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el Cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo; tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.
"Oh, Corazones de Jesús y de María; me consagro, consagro mi familia y al mundo entero, a vuestros Amantísimos Corazones. Atended a la súplica que os hago y aceptad nuestros corazones en los Vuestros, para que seamos librados y protegidos nosotros y el mundo entero de toda maldad y de todo pecado. Que la protección de vuestros Dos Corazones, sean refugio, fortaleza y amparo, en las luchas espirituales de cada día. Que el poder de vuestros Dos Corazones, irradie al mundo para que sea protegido de la maldad y el pecado. Nos consagramos voluntariamente y consagramos a la humanidad entera avuestros Corazones; seguros y confiados por vuestra Gran Misericordia, de obtener la victoria sobre las fuerzas del mal en este mundo, y la Gloria Eterna en el Reino de Dios. Amén."