Visiones de María Valtorta: Extractos del “Evangelio tal como me fue revelado” o “Poema del Hombre-Dios” –Volumen 10, capítulos 649-650 – Traducción al español de la edición original en italiano
1. El feliz tránsito de María Santísima
2. Gloriosa asunción al Cielo de la Bienaventurada Virgen
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(Juan 19, 25-27) “Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. 26 Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». 27 Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.”
§1
1. El feliz tránsito de María Santísima
(Lettura: 4 min.) – Visión del 21 de noviembre de 1951
Maria Valtorta: “María, en su pequeño cuarto solitario situado arriba en la terraza, vestida enteramente de cándido lino (de cándido lino son la túnica que cubre sus miembros, y el manto que, sujeto en la base del cuello, desciende por sus espaldas, y el velo sutilísimo que le pende de la cabeza), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado. Elige los mejores. Estos mejores son pocos. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo, una túnica de lino que Jesús acostumbraba a llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemaní, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda. Dobla bien estos indumentos, besa el manto ensangrentado de su Jesús, y se dirige hacia el arca en que están, ya desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión. Las reúne en una única parte, la superior, y pone todos los indumentos en la inferior. Está cerrando el arca cuando Juan [el Apostolo], que ha subido silenciosamente a la terraza, donde debe haber subido María a pasar las horas de la mañana, y se ha asomado a ver qué hace, quizás impresionado por su larga ausencia de la cocina, le hace volverse bruscamente al preguntarle:

Juan «¿Qué haces, Madre?».
BVM. «He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de Su amor y dolor infinitos».
J. «¿Por qué, Madre, volverte a abrir las heridas del corazón viendo de nuevo esas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla» (le dice Juan acercándose a Ella, como temiendo que –tan pálida y temblorosa como está– pueda sentirse mal y caer al suelo).
BVM. «¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora».
J. «¿Nunca como ahora! No entiendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…».
BVM. «Y, como tal, debería sufrir más, quieres decir. Y, humanamente, no yerras. Pero no es así. 3 Yo estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de El. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra. Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre suyo, eran actos de obediencia a la Voluntad divina, y, por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí. … Ahora experimento el gozo, inmenso gozo como inmensa ha sido la pena, porque siento que mi vida toca a su fin. He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celeste, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado –yo también, como mi Jesús– todo lo que debía consumar. Y tengo dentro de mí esa secreta alegría –única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos, finales, atroces sufrimientos– que tuvo Jesús cuando pudo decir:
“Todo está consumado … Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu”.
Yo también he cumplido todo lo que, Aba eterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente.
La Iglesia, actualmente, está formada y es fuerte. El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica; mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más, y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan. … Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros (loa Apóstoles) …».
Juan la interrumpe diciendo:
J. «También los otros aman y se aman».
BVM. «Sí. Pero tú eres el [aquel que ama]por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como, por lo demás, la tienen todas las criaturas. Tú, en el número de los doce, fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Quizás –es más, ciertamente– por ser tan puro amas tanto.
¿Y Pedro? Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso.

Su hermano, Andrés, tuvo todo el silencio y timidez que el otro no tenía.

Santiago, tu hermano, impulsivo, tanto que Jesús le llamó hijo del trueno.

El otro Santiago, hermano de Jesús, justo y heroico.

Judas de Alfeo, su hermano, noble y leal, siempre; la descendencia de David era evidente en él.

Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas.

Simón el Zelote, el prudente.

Tomás, el pacífico.

Mateo, el hombre humilde que, teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido.

Y Judas de Keriot, ¡Ay! La oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor, fue el satánico embustero, siempre.

Pero tú [Juan], todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío. Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo. Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello. … Recordad esto siempre. Y actuad como El actuó. Recordad todo, hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas, o sea, ponedlas en práctica; y escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas. No podréis, no, repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad; pero escribid cuantas más podáis escribir. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo, y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios… ».
Juan, palideciendo y turbándose, más pálido aún de lo que ya se ha puesto cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando y preguntando:
J. «¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?».
BVM. «No».
J. «¿Entonces es que quieres dejarme?».
BVM. «No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío, a estar solo» .
J. «¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!».
BVM. «No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que… sí, que pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no; y está sujeta, como todo cuerpo humano, a la muerte».
J. «¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!».
BVM. «Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió! Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero, morir, moriré. … ¡No te turbes de esa manera, Juan! Escucha, más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, si bien se piensa, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí, porque fui su primera discípula, porque fui con El Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos. … Pero, ¿por qué lloras, Juan?».
J. «Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!».
BVM. «Resistirás. Dios te ayudará a vivir, y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo, habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos».
J. «¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas, y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven, para ti, cristiana, para ti, la Purísima que –estoy seguro de ello– no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, divinado como ningún otro cuerpo de mortal –por no haber tenido Pecado original y, más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo; por lo cual tú eres la más verdadera reliquia suya–, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…».
BVM. «¡No sigas llorando!»
Exclama María mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas, del apóstol. Y añade:
BVM. «Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!».
… Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente. María se agacha hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice:
BVM. «… Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve frufrú, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa! Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. … Ángeles y luz, siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. … También en este atardecer siento, aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí, la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando le di al mundo … ».
J. «No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente, de ti Tobit616, porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú, y no el Santo de los Santos. Tú has dado a Dios, tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará felicísima».
BVM. «Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. … Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley618 y como amó y enseño a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. 16 Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como El murió por exceso de dolor. La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice:
“¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro Trino abrazo!”.
¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!».
Juan, que, escuchando a María, se había calmado un poco aunque permanecía turbado, y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él, palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama:
J. «¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor619! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. El, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa».
Y, amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto. Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:
BVM. «Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras le contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará621. Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…».
Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo –lo cual observa María con una sonrisa, diciendo:
BVM. «¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús!»–,
[Juàn] entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 al 46; por último, entona el Magníficat. Pero, en llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, calma, como si no hubiera advertido el cese de la vida. Juan, con un grito de desgarro, se arroja al suelo, contra la orilla del lecho; y llama, llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que su cuerpo ya no tiene el alma vital. … María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago. Juan la contempla durante largo tiempo, y, mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos. Luego … Juan enciende [una lámpara] porque ya está por caer la noche. Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar, y ramas de olivo ya con olivas formadas. Vuelve a subir al pequeño cuarto y, a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María; y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona. … Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo, junto al lecho, la lamparita; y contempla, orando, a María yacente.”
§2
2. Gloriosa asunción al Cielo de la Bienaventurada Virgen
Vision del 8 de diciembre de 1951
M.V. “¿Cuántos días han pasado? Es difícil establecerlo con seguridad. A juzgar por las flores que forman una corona alrededor del cuerpo exánime, debería decirse que han pasado pocas horas. Pero si se juzga por las ramas de olivo sobre las cuales están las flores frescas, ramas con hojas ya lacias, y por las otras flores mustias puestas –cada una de ellas como una reliquia– sobre la tapa del arca, se debe concluir que ya han pasado algunos días.
Pero el cuerpo de María presenta el aspecto que tenía instantes después de haber expirado. Ninguna señal de muerte hay en su cara, ni en sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable hay en la habitación; es más, aletea en ella un perfume indefinible, que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, muguetes y hierbas montanas. Juan –a saber cuántos días lleva velando– se ha dormido vencido por el cansancio, sentado en el taburete, con la espalda apoyada en la pared, junto a la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara, colocada en el suelo, le ilumina de abajo hacia arriba y permite ver su rostro cansado, palidísimo, excepto en torno a los ojos, enrojecidos por el llanto.
El alba debe haber empezado ya; en efecto, su débil claror hace visibles la terraza y los olivos que rodean a la casa, un claror que se va haciendo cada vez más intenso y que, entrando por la puerta, hace más nítidos los contornos de los objetos de la habitación, de esos objetos que, por estar lejos de la lamparita, antes apenas se vislumbraban.
De repente, una gran luz llena la habitación, una luz argéntea con tonalidades azules, casi fosfórica; y aumenta sin cesar, anulando la del alba y la de la lamparita. Una luz igual que la que inundó la gruta de Belén en el momento de la Natividad divina. Luego, en esta luz paradisíaca, se hacen visibles criaturas angélicas (luz aún más espléndida en la luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes). Como ya sucedió cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de centellas de todos los colores surge de sus alas dulcemente agitadas, de las cuales procede un armónico susurro ornado de arpegios, dulcísimo.
Las criaturas angélicas se disponen en corona en torno al lecho, se inclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, con un batir más fuerte de sus alas –que aumenta el sonido que antes existía–, por una abertura que se ha creado prodigiosamente en el techo (como prodigiosamente se abrió el Sepulcro de Jesús), se van, llevándose consigo el cuerpo de su Reina, santísimo, sin duda, pero aún no glorificado y, por tanto, sujeto a las leyes de la materia, sujeción que no tuvo Cristo porque cuando resucitó de la muerte ya estaba glorificado. El sonido producido por las alas angélicas aumenta, y ahora es potente como sonido de órgano.

Juan, que ya –aun permaneciendo adormecido– se había movido dos o tres veces en su taburete, como si le molestaran la gran luz y el sonido de las alas angélicas, se despierta totalmente por ese sonido potente y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo destapado y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que agita las cubiertas del lecho ya vacío y las vestiduras de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un fuerte golpe, la puerta abierta.
El apóstol mira a su alrededor, todavía soñoliento, para percatarse de lo que está sucediendo. Se da cuenta de que el lecho está vacío y el techo está descubierto. Intuye que ha tenido lugar un prodigio. Sale corriendo a la terraza y, como por un instinto espiritual, o por llamada celeste, alza la cabeza protegiendo sus ojos con la mano para mirar sin el obstáculo del naciente Sol.
Y ve. Ve el cuerpo de María, todavía inerte, e igual en todo al de una persona que duerme; le ve subir cada vez más alto, sostenido por la multitud angélica. Como dirigiendo un último saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, quizás por la acción del viento producido por la rápida asunción y por el movimiento de las alas angélicas; y unas flores, las que Juan había colocado y renovado alrededor del cuerpo de María, y que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y la tierra del Getsemaní, mientras el potente himno de alabanza de la multitud angélica se va haciendo cada vez más lejano y, por tanto, más leve.
Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia el Cielo y, sin duda, por un prodigio que Dios le concede, para consolarle o premiarle por su amor a su Madre adoptiva, ve, con claridad, que María, envuelta ahora por los rayos del Sol, que ya ha salido, sale del éxtasis que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie, porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados.
Juan mira, mira… el milagro que Dios le concede le da la facultad, contra toda ley natural, de ver a María como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada, ya no ayudada a subir, por los ángeles que entonan cantos de júbilo. Y Juan se ve raptado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrán jamás describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.
Juan, permaneciendo apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando fijamente esa espléndida y resplandeciente forma de Dios –porque realmente puede llamarse así a María, formada en modo único por Dios, que la quiso inmaculada, para que fuera forma para el Verbo encarnado– que sube cada vez más. Y un último, supremo prodigio concede Dios–Amor a este perfecto amante suyo: el de ver el encuentro de la Madre Santísima con su Santísimo Hijo, quien –también El espléndido y resplandeciente, hermoso con una hermosura indescriptible– desciende rápido del Cielo, llega junto a su Madre, la abraza contra su corazón y, juntos, más refulgentes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido.

La visión de Juan ha terminado. Baja la cabeza. En su rostro cansado están presentes el dolor por la pérdida de María y el júbilo por su glorioso destino. Pero ahora ya el júbilo supera al dolor.

Fuente: “L’Evangelo come mi è stato rivelato” (italiano)
https://www.scrittivaltorta.altervista.org/per_volume.htm




Dios Padre: «



“Si supierais cómo resplandecéis después de acercaros debidamente al Sacramento de la Confesión. (Jesús) está en el Confesionario y escucha cada palabra, ve en cada rincón de vuestro corazón y está deseoso de otorgar las gracias inherentes a Su Perdón.
“¡Os pido Mis hijos predilectos que paréis esta abominación! ¡No más ministros extraordinarios de la Eucaristía! ¡No más comuniones distribuidas por laicos, ni más comuniones en la mano!”




"Me coloco en la presencia de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y por el poder de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, rompo, desbarato, pisoteo, aniquilo e invalido y cancelo de mi ser físico, síquico, biológico y espiritual, toda maldición que haya sido puesta sobre mí, sobre mi familia y árbol genealógico, por cualquier persona, familiar o antepasado por medio del ocultismo o espiritismo. Por el poder de la Sangre Preciosa de Nuestro Señor Jesucristo y por la intercesión de la Santísima Virgen María, San Miguel, San Gabriel, y San Rafael, rompo e invalido toda maldición, cualquiera que sea su naturaleza en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén (Repetir 3 veces la oración)"
"Oh Jesús de la Divina Misericordia, escucha mis súplicas hacia Ti, pues estoy aquí para hacer tu voluntad."
"Oh Glorioso Patriarca San José, Padre adoptivo de Jesús y Esposo Humilde y Casto de María; poderoso intercesor de las almas y guardián Fiel de la Iglesia; acudimos a vos, amado Padre, para que te dignes ampáranos y socorrednos en la lucha espiritual contra los enemigos de nuestra alma. Ven en nuestro auxilio y por tu humildad y pureza, líbranos de todo mal. San José terror de los demonios, venid en mi auxilio (3 veces)."
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén"
Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el Cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo; tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.
"Oh, Corazones de Jesús y de María; me consagro, consagro mi familia y al mundo entero, a vuestros Amantísimos Corazones. Atended a la súplica que os hago y aceptad nuestros corazones en los Vuestros, para que seamos librados y protegidos nosotros y el mundo entero de toda maldad y de todo pecado. Que la protección de vuestros Dos Corazones, sean refugio, fortaleza y amparo, en las luchas espirituales de cada día. Que el poder de vuestros Dos Corazones, irradie al mundo para que sea protegido de la maldad y el pecado. Nos consagramos voluntariamente y consagramos a la humanidad entera avuestros Corazones; seguros y confiados por vuestra Gran Misericordia, de obtener la victoria sobre las fuerzas del mal en este mundo, y la Gloria Eterna en el Reino de Dios. Amén."