La Verdad del Evangelio y falsedad de las doctrinas humanas

Hay una sola Cruz: Puede haber otros signos, jeroglíficos como los trazados en los hipogeos de los Faraones o en las estelas de los Aztecas, pero son signos, sólo signos humanos o satánicos; no son cruces

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(CEV) "Los Quadernos 1944", p. 68

 La Pasión de CristoJesus dice: "Hay una sola Fe verdadera: la mía, tal como os la he entregado, como una gema divina, cuya luz es vida. Pero no basta permanecer nominalmente en ella, como un trozo de mármol abandonado por casualidad en un cuarto. Hay que fundirse con ella, convertirla en una parte vuestra.

¿Acaso el traje que lleváis, para vosotros es la vida? ¿Acaso se convierte en carne y sangre para vosotros?

No, no lo es. Es un indumento que os resulta útil, pero que no quita nada a vuestra vida íntima si os despojáis de él para poneros otro.

En cambio, el alimento que ingerís se convierte en vuestra sangre y vuestra carne y ya no podéis quitároslo.

Es una parte vuestra esencial, porque sin sangre y sin carne no podríais vivir y sin alimento no tendríais sangre y carne.

Lo mismo sucede con la Fe. No debe ser algo apoyado sobre vosotros por algunas horas, como si fuera un velo para embelleceros y seducir a los hermanos, sino que debe ser una parte intrínseca de vosotros mismos, inseparable de vosotros, viva en vosotros. La fe no es sólo esperanza en lo que se cree, la fe es certeza de vida.

Una vida que comienza aquí, en esta quimérica vida humana, y que se cumple en el más allá, en la vida eterna que os espera.

Hoy está cometiéndose una gran herejía, la herejía más sacrílega. Uno de los hijos de Satanás, uno de los mayores, predica una nueva fe.

No se trata de Judas, que era el hijo mayor en el pasado, ni del Anticristo, el hijo mayor del futuro; es uno de los hijos que viven actualmente para castigo del hombre que ha adorado al hombre en lugar de adorar a Dios, del hombre que se ha dado muerte a través del hombre, mientras Yo le di la Vida a través de mi muerte. ¡Meditad sobre esta diferencia!

La fe que predica el hijo de Satanás es una parodia trágica, sacrílega, maldita, de mi Fe. Se predica un nuevo evangelio, se funda una nueva iglesia, se alza un nuevo altar, se eleva una nueva cruz, se celebra un nuevo sacrificio. Evangelio, iglesia, altar, cruz, sacrificio, fruto del hombre.

No de Dios. Hay un solo Evangelio: el mío. Hay una sola Iglesia: la mía, la católica romana. Hay un solo Altar: el que está consagrado por el óleo, el agua y el vino; el que está erigido sobre los huesos de un mártir y de un santo de Dios. Hay una sola Cruz: la mía.

Ésa en la que pende el Cuerpo de Jesucristo, el Hijo de Dios; ésa que repite la forma del leño con que Yo cargué con infinito amor e infinita fatiga hasta la cima del Calvario.

No existen otras cruces. Puede haber otros signos, jeroglíficos como los trazados en los hipogeos de los Faraones o en las estelas de los Aztecas, pero son signos, sólo signos humanos o satánicos; no son cruces, no son el símbolo de todo un poema de amor, de redención, de victoria sobre todas las fuerzas del Mal, cualesquiera que sean.

Desde el tiempo de Moisés hasta hoy y desde hoy hasta el momento del Juicio', habrá una sola cruz: la que es semejante a la mía; la 'que llevó en primer lugar la "serpiente"", el símbolo de la vida eterna; la que me sostuvo; la que Yo sostendré cuando os aparezca como Juez y Rey para juzgaros a todos: sea a vosotros, los benditos que creéis en mi Signo y en mi Nombre, sea a vosotros, los malditos, los simuladores y sacrílegos, que habéis arrojado de los templos, de los estados y de las conciencias mi Signo y mi Nombre y lo habéis sustituido con vuestra sigla y vuestro apelativo de satánicos.

Hay un solo Sacrificio: el que repite místicamente el mío, y en el pan y el vino os da mi Cuerpo y mi Sangre inmolados por vosotros.

No existe otro cuerpo y otra sangre que puedan sustituir a la Gran Víctima. ¡Oh, feroces sacrificadores de los que os están sometidos, de quienes disponéis porque les habéis convertido en galeotes, prisioneros del remo, marcados con vuestra inicial como si fueran bestias para el matadero, vueltos incapaces hasta de pensar porque les habéis robado, prohibido, censurado, lo que da al hombre supremacía sobre las bestias, y de seres inteligentes habéis hecho una enorme manada sobre la cual agitáis el látigo y amenazáis de "muerte" aunque osen juzgaros sólo con el pensamiento!: la sangre y los cuerpos que inmoláis no celebran el sacrificio, no lo sustituyen, no le sirven.

Mi sacrificio os concede gracias y bendiciones.

Este otro os ofrece condenas y maldiciones eternas. Oigo los gemidos y veo las torturas de los oprimidos que degolláis en el alma y en la mente aún antes que en el cuerpo.

Ni siquiera uno de los que oprimís se salva de vuestro cuchillo, que les priva de la libertad, la paz, la serenidad, la fe; que hace de ellos seres de moralidad torpe, atemorizados, desesperados, rebeldes. Oigo los estertores de los asesinados y veo la sangre que baña "vuestro" altar.

Veo esa pobre sangre que despierta en Mí una misericordia inconmensurable, esa pobre sangre a la que perdono aun el error porque ya el hombre la ha castigado y Dios no se ensaña donde ya se ha expiado.

Mas os juro que haré de esa sangre y esos gemidos vuestro tormento eterno.

Comeréis, regurgitaréis, vomitaréis sangre, os ahogaréis en ella, esos estertores y esos gemidos retumbarán en vuestra alma hasta haceros enloquecer y os obsesionarán los millones de rostros espectrales que, a gritos, proclamarán vuestros millones de delitos y os maldecirán.

Esto es lo que encontraréis en el lugar donde os espera el padre vuestro, el rey de la mentira y la crueldad.

¿Y dónde está, entre vosotros, el Pontífice, el Sacerdote que celebra misa? Sois verdugos, no sacerdotes.

Ése no es un altar; es un patíbulo. Ése no es un sacrificio; es una blasfemia.

Ésa no es una fe; es un sacrilegio. Descended, oh malditos, antes de que os fulmine con una muerte horrenda. Morid al menos como las bestias que, saciadas de presas, se retiran a su cueva para morir.

No esperéis sobre vuestro pedestal de dioses infernales que Yo os entregue, no a la expiación del espíritu sino a la de vuestro cuerpo de bestias y os haga morir entre el escarnio de la multitud y las torturas de los que hoy son torturados.

Existe un límite. Os lo recuerdo. Y no existe piedad para quien remeda a Dios y se hace semejante a Lucifer. Y vosotras, gentes, sabed manteneros con firmeza en la Verdad y la Justicia.

La filosofía humana, las doctrinas humanas, están contaminadas por escorias. Las actuales están saturadas de veneno.

Y no se bromea con las serpientes venenosas. Llega la hora en que la serpiente sale de su encanto y os descarga el golpe fatal.

No os dejéis envenenar. Permaneced unidos a Mí. En Mí hay justicia, paz y amor. No busquéis otras doctrinas.

Vivid el Evangelio. Seréis felices.

Vivid de Mí, en Mí. No conoceréis los grandes placeres corporales.

Yo no los dispenso: Yo dispenso los gozos verdaderos, que no son únicamente placer de la carne sino también del espíritu; dispenso los goces honestos, benditos, santos, que concedí y aprobé, esos goces en los que no rehusé participar."

He aquí lo que Yo bendigo y llamo santo: la familia, los hijos, un honesto bienestar, una patria próspera y tranquila, la buena armonía entre los hermanos y entre los pueblos. Con esto obtendréis también la salud, porque la vida familiar, vivida honestamente, da salud al cuerpo; con esto obtendréis serenidad, porque un oficio o profesión, practicados honestamente, dan tranquilidad a la conciencia; con esto obtendréis una patria, una nación próspera y en paz, porque viviendo en buena armonía con los compatriotas y con los pueblos vecinos, evitáis los rencores y las guerras. Sé que en vuestra sangre fermenta el veneno de Satanás, pobres hijos míos.

Mas por antídoto os he donado a Mí mismo. Yo os he enseñado a grabar mi Signo, que vence a Satanás, sobre vosotros, en vosotros.

Circuncidad vuestro espíritu por Mí. ¡Es una circuncisión mucho más alta y perfecta! Ella extirpa de vuestra carne las células en que se anidan los gérmenes de muerte e implanta en vosotros la Vida, que soy Yo. Ella os despoja de la animalidad y os viste de Cristo. Ella os sumerge, como hijos del culpable Adán - aunque también vosotros sois culpables, ya por la culpa original, ya por las culpas propias - en el Bautismo y la Confesión de Cristo y os hace resurgir como hijos del Altísimo.

No os separéis de Mí. ¡Oh! Si permanecéis en Mí, Yo os llevaré al Cielo y aunque no seáis completamente "cielo" - porque siempre queda en vosotros un poco del fango de la Tierra - os prometo que la bendición del Padre no faltará ni siquiera sobre vuestro cieno, pues el Padre no podrá dejar de bendecir a su Hijo, y si permanecéis en Mí y conmigo rezáis diciendo "Padre nuestro" como os he enseñados, mi Potencia os amparará tanto que el Padre os dará ya sea el Reino de los Cielos, como se pide en la primera parte, ya sea el pan cotidiano y el perdón de las culpas, como se pide en la segunda.

Si permanecéis en Mí, como niños en el regazo de la madre, el Padre nuestro verá solamente la vestidura que os viste: Yo, su Hijo, vuestro Redentor, vuestro Generador para el Cielo.

Y sobre su Hijo, objeto de todos sus favores, para quien creó, además de todas las cosas, también el perdón y la gloria, y para júbilo de su Hijo, que quiere veros absueltos y gloriosos, derramará sus gracias. Yo destruí vuestra muerte con la mía. Yo anulé vuestras culpas con mi Sangre. Yo las rescaté en lugar vuestro, anticipadamente. Al clavar en mi cruz vuestro pecado, desde el de Adán hasta el de cada uno de vosotros, yo hice que nada fuera capaz de dañaros en la vida futura.

Puedo decir que por haber sorbido la esponja impregnada de hiel y vinagre del Gólgota, consumí todo el veneno del mundo y os restituí Bien por Mal porque, muriendo, lo destilé y convertí la mixtura de muerte en agua de Vida, que fluía de mi pecho desgarrado.

Permaneced en Mí con pureza y fortaleza. En la Fe no seáis hipócritas, sed sinceros. Fe y amor no están definidos por las prácticas exteriores. Estas prácticas son seguidas también por los sacrílegos, que se sirven de ellas para engañaros y obtener glorias terrenas. No tenéis que ser así.

Recordaos que, así como os regeneré para la Vida de la Gracia, para la que estabais muertos, os resucité conmigo para la Vida eterna. Por lo tanto, dirigid la mirada hacia ese lugar de Vida.

Buscad todas las cosas que son como un billete para entrar en él. Son todas las cosas del espíritu: la Fe, la Esperanza, la Caridad, las otras Virtudes que hacen del hombre un hijo de Dios. Buscad la Ciencia que no se equivoca: la que está contenida en mi doctrina.

Es la que os da la capacidad de orientaros de modo que el Cielo sea vuestro.

Buscad la Gloria.

Mas no busquéis la gloria terrena, que es irrisoria y suele ser culpable, una gloria que a menudo condeno y siempre juzgo como gloria no verdadera, qué considero únicamente como una misión que os da Dios para que tengáis un medio para alcanzar la Gloria celeste. La Gloria verdadera se obtiene con un vuelco total de los valores del mundo.

El mundo dice: "Gozad, acumulad, sed soberbios, prepotentes, sin corazón, odiad para vencer, mentid para triunfar, sed crueles para imperar". Yo os digo: "Sed moderados, temperantes, no tengáis sed de carne, de oro, de poder, sed sinceros, honestos, humildes, amorosos, pacientes, sumisos, misericordiosos'.

Perdonad al que os ofende, amad al que os odia, ayudad al que es menos feliz que vosotros. Amad, amad, amad".

En verdad os digo que ningún acto de amor, aunque sea mínimo como un suspiro compasivo para quien sufre, quedará sin recompensa. Será una infinita recompensa en el Cielo. Ya habrá también en la Tierra una gran recompensa, aunque la comprenderá sólo quien la reciba.

Será la recompensa de la paz de Cristo para todos mis hijos buenos; la recompensa de la luz de la Palabra para los "buenísimos", a los que vengo para hallar mi consuelo. Queridos hijos míos, a quienes amo con un amor mucho más grande que todo el odio que como fluido infernal circula por la Tierra, amadme también vosotros.

Hagáis lo que hagáis, digáis lo que digáis, hacedlo en nombre de vuestro Jesús; de este modo, a través de Él, agradeceréis a Dios, Padre vuestro. Y la gracia del Señor permanecerá en vosotros como una protección en la Tierra y una segura aureola en el Cielo».

 

 

 

Maria Valtorta:
Los cuadernos. 1943; 1944; 1945

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