Verdaderos y falsos dones del Sobrenatural

En los fenómenos que no son [de Dios], siempre hay desorden

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Verdaderos y falsos dones del Sobrenatural

(CEV) "Los Quadernos 1945-1950", p. 161

 La Pasión de CristoJesus dice: "No es un reproche, no lo consideres así. Es una caricia de quien te ama y no quiere que des pasos ingenuamente falsos o inútiles.

No lo tomarías a mal si un buen padre te dijera: "Dame la mano para que te guíe por este sendero escabroso" o "¿Ves, hijo mío? Esta flor, esta baya no es buena.

Parece buena, pero no lo es. No la pruebes nunca, porque en su interior oculta jugos nocivos". [...] No debes juzgar todo lo sobrenatural del mismo modo. Sobrenatural es todo lo que se aparta de lo natural, ¿no es verdad?

Mas en lo sobrenatural, en lo extranatural, hay dos corrientes, como dos ríos: el que viene de Dios y el que viene del Enemigo de Dios.

Considerados exteriormente, superficialmente, los fenómenos son casi idénticos, porque Satanás, con la perfección de su maldad, sabe simular las cosas de Dios.

Mas un rasgo de mis fenómenos es la paz profunda, el orden que hay en ellos y que se comunica a quien está presente.

Otra señal es el aumento de las facultades naturales de memoria e inteligencia, porque lo natural paradisiaco siempre es Gracia y la Gracia aumenta también las facultades naturales del hombre, para poder ser recordada con precisión en sus manifestaciones.

En cambio, en los fenómenos no producidos por Mí, siempre se difunde un no sé qué que turba o que disminuye la consabida seriedad sobrenatural y provoca curiosidad, provoca esa sensación de risueño y vacío interés que uno tiene cuando va a un teatro a ver un espectáculo de malabaristas o algo semejante.

En los fenómenos que no son míos, siempre hay desorden y, después del chisporroteo de los cohetes que deslumbran, hay humo y niebla que ofuscan la pureza de la luz preexistente.

Por lo tanto, habéis visto y oído, pero luego no recordáis nada con verdadera exactitud y caéis continuamente en contradicciones aun sin quererlo.

Con sus garras, Satanás enmaraña, enmaraña para escarnecer y agotar. En fin, existe una señal muy precisa en el sujeto mismo. A mi acción en un ser corresponde siempre la acción del ser mismo. Me explico.

Cuando Yo alecciono, todo se transforma en quien recibe la enseñanza. Surge en él una voluntad impetuosa de hacer lo que digo, por lo que no lo hace en fases lentas de elevación como sucede en la común voluntad de santificarse, sino que el alma se eleva y cambia de lo que es a lo que Yo quiero que sea, con rápidos y, sin embargo, duraderos tránsitos.

Son almas cogidas por la "buena voluntad", que demuele y destruye todo lo que en ellas es pasado, todo lo que constituye el yo antecedente y las vuelve a componer en su nueva forma, según mi modelo.

Son infatigables artífices de su mismo ser inmortal.

Advierten que van mudándose en bien, pero nunca están satisfechas del grado de bien que han alcanzado y trabajan para lograr una perfección aún mayor.

Y no lo hacen por el propio orgullo, sino por amor hacia Mí.

Por el contrario, en las almas de quienes son falsos contemplativos, falsos instrumentos, falta esa infatigable metamorfosis. Ellos, en este caso alumnos de Satanás, se deleitan y son felices con lo que tienen.

Y algunas veces, hasta han recibido realmente un don mío. Reposan en el orgullo de ser "algo". Y ese "algo" crece día a día como un animal archinutrido. En efecto, está nutrido sobremanera por el orgullo que Satanás derrama silenciosa y abundantemente en torno a ellos. Ese "algo" se vuelve enorme, enorme, monstruoso.

Sí, es así: monstruoso. Es un monstruo porque pierde el aspecto primitivo, el mío, y toma el aspecto satánico. Se ponen una aureola de luces falsas. Explotan su más o menos relativa celebridad para encoronarse.

Y se contemplan. Dicen: "Estoy perfectamente. ¡He llegado al top!". Y, de este modo, se enceguecen hasta el punto de no saber ver lo que son. De este modo, se vuelven sordos hasta el punto de no saber oír la diversidad de las voces que hablan en ellos. ¡Mi voz es tan diferente de la de Satanás! Mas ya no la oyen.

Y mientras Yo me retiro, Satanás les da lo que quieren: las cosas vanas. Y con ellas se adornan...

¿Qué les puede hacer Dios a esos voluntarios del Mal, que prefieren el ropaje iridescente, las luces, los aplausos, a la cruz, a la desnudez, a las espinas, al secreto, al asiduo obrar en sí mismos y en torno a sí en el Bien y para el propio bien y el de los demás?

¿Qué debe hacer Dios respecto a estos histriones de la santidad, que son sólo patrañas y mentiras? Dios se retira.

Les abandona en manos del padre de la Mentira y de las Tinieblas.

Y ellos se deleitan en medio de los dones que Satanás les da como premio por su modo de obrar. Se profesan "santos", porque ven que logran resultados extranaturales.

No saben que son el parto de su orgullo, que Satanás alimenta, y no mejoran. ¿Sabes?, no mejoran.

Aunque aparentemente no sufren una regresión, hasta los más superficiales advierten que no mejoran.

[...] Atento al centelleo multicolor que se disuelve en niebla! Yo dejo siempre luces y cosas concretas, ordenadas, claras. ¡Atento a los falsos santos, que para mi triunfo son más nocivos que todos los pecadores declarados!

Lo sobrenatural santo existe y Yo lo suscito.

Se lo debe aceptar, se lo debe creer. Mas que no sea aceptado a primera vista todo frasco que lleve escrito: "Óleo de sobrenatural sabiduría" o todo libro cerrado en el que esté escrito: "Aquí está Dios". Puede que del primero se desprendan hedores infernales y que el segundo encierre fórmulas heréticas.

Observad también el exterior del frasco y del libro; observad dónde y cómo le gusta estar.

Y, para dejar el lenguaje figurado, observad si se presenta humildemente, si es santamente activo hasta la exageración.

Si veis que su evolución hacia el Bien es lenta o falta del todo, abrid los ojos.

Y abridlos dos veces si advertís en esta alma el placer de ser notada.

Y si la encontráis soberbia y si la sorprendéis mintiendo, abridlos tres veces, diez veces, setenta veces. Que la paz sea contigo [...] ».

 

 

 

Maria Valtorta:
Los cuadernos. 1943; 1944; 1945

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