Visión del Paraíso

Aquí comprendo qué es el Paraíso, de qué están hechas su Belleza, su Naturaleza, su Luz y su Canto.

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(CEV) "Los Quadernos 1944", p. 323

 Maria ValtortaMaria Valtorta: "Intentaré describir la inenarrable, la inefable, la beatífica visión que tuve ayer, en las últimas horas de la tarde, esa visión que me condujo del sueño del alma al sueño del cuerpo y que, cuando volví en mí, se me apareció aún más nítida y bella. [...] Y ahora intentaré describirla.

He vuelto a ver el Paraíso. Y he comprendido de qué están hechas su Belleza, su Naturaleza, su Luz, su Canto, en fin, todo. E incluyo también sus obras, que son las que, desde las alturas, informan, ordenan, proveen a todo lo creado. Como ya ha sucedido la vez anterior - creo que fue a principios del corriente año - he visto la Santísima Trinidad. Pero vayamos por orden.

También los ojos del espíritu necesitan acostumbrarse gradualmente a la contemplación de una Belleza tan alta como ésta, a pesar de que son mucho más aptos para sostener esa Luz que los pobres ojos del cuerpo, pues éstos ni siquiera pueden mirar el sol, no obstante éste, comparado con la Luz que es Dios, es como la llamita de un humeante pabilo. Dios es tan bueno que, aun queriendo revelarse en sus fulgores, no se olvida de que somos pobres espíritus, prisioneros aún en una envoltura de carne y, por tanto, debilitados por esta prisión.

¡Oh, qué bellos son los espíritus que Dios crea a cada instante para dar un alma a las nuevas criaturas, qué brillantes, cómo danzan! Los he visto y lo sé. Pero nosotros... hasta que no volvamos a Él, no podemos sostener el Resplandor de una sola vez. Y, en su bondad, Él va acercándonos poco a poco. Pues bien, ayer por la noche vi en primer lugar una especie de rosa inmensa. La llamo así para dar la idea de esos círculos de luz jubilosa que cada vez más se concentraban alrededor de un punto de insostenible fulgor.

¡Era una rosa sin confines! Su luz era la que recibía del Espíritu Santo, o sea, la luz relumbrante del Amor eterno. Era como topacio y oro líquido convertidos en llama... ¡oh, no sé cómo explicarlo! Él estaba solo, solo en las alturas, inmóvil en el zafiro inmaculado y esplendente del Empíreo y desde allí irradiaba y la Luz descendía de Él a borbotones, incesantemente. Esa Luz penetraba la rosa de los bienaventurados y de los coros angélicos y la iluminaba con esa claridad suya que no es más que el reflejo de la luz del Amor que la impregna.

Pero yo no distinguía ni a los santos ni a los ángeles; veía solamente los inconmensurables ribetes de los círculos de esa flor paradisíaca. Ya con eso me sentía colma de beatitud y habría bendecido a Dios por su bondad cuando, en lugar de quedar cristalizada de ese modo, la visión se iluminó con nuevos fulgores, como si estuviera acercándose cada vez más a mí y me permitió observarla con los ojos del espíritu, ya acostumbrados al primer fulgor y capaces, por lo tanto, de sostener uno más intenso.

Vi a Dios Padre: era un Esplendor en medio del esplendor del Paraíso, definido con líneas de luz deslumbrante, incandescente, de infinito candor. Imagínese Ud. cuán intensa debía de ser su Luz si, aun siendo circundada por otra sumamente brillante, lograba anularla hasta el punto de reducirla a una sombra reflejada en su esplendor y, por eso, me permitía distinguirle en medio de esa marea de luz. Es espíritu... ¡oh, cómo se ve que es todo espíritu! Es el Todo porque es absolutamente perfecto. Es la nada porque el roce de cualquier otro espíritu del Paraíso no podría tocar a Dios, que es Espíritu sumamente perfecto aun en su inmaterialidad, Espíritu que es Luz, Luz, nada más que Luz.

Frente a Dios Padre estaba Dios Hijo, con su Cuerpo glorificado ataviado con la espléndida vestidura real que cubría sus Miembros santísimos sin lograr ocultar su belleza inexpresable. Su Belleza se -fundía con la Majestad y la Bondad. Las ascuas de sus cinco Llagas lanzaban cinco espadas de luz en todo el Paraíso, que aumentaban el esplendor de éste y el de la Persona glorificada. No tenía aureola o corona alguna, pero todo su Cuerpo emanaba luz, esa luz especial de los cuerpos espiritualizados, que en Él y en su Madre es intensísima y se desprende de una Carne que no es carne opaca como la nuestra, sino que es luz.

Dicha luz se condensa aún más alrededor de su Cabeza, no como una aureola - lo repito - sino como procediendo de toda su Cabeza. También la sonrisa era luz y luz era la mirada; luz emanaba de su hermosísima Frente sin heridas. Y hasta parecía que en los puntos en que, otrora, las espinas habían hecho brotar sangre y provocado dolor, ahora manaba una luminosidad aún más viva.

Jesús estaba de pie y con la mano sostenía su estandarte real, como en la visión que tuve, según me parece, en enero. Un poco más abajo que Él - pero no mucho, digamos a la distancia que hay entre un peldaño y el sucesivo - estaba la Virgen Santísima, bella como en el Cielo, o sea, con su perfecta belleza humana glorificada en belleza celestial. Estaba entre el Padre y el Hijo, que entre sí distaban unos metros. (Digo esto para tratar de aplicar comparaciones materiales).

Ella estaba en el medio, con las manos cruzadas sobre el pecho - esas manos dulces, pequeñas, bellísimas, de inigualable candor - y miraba, adorando, al Padre y al Hijo, alzando ligeramente su apacible, su perfecto, su amoroso y suavísimo rostro. Miraba al Padre con total veneración. No pronunciaba palabra alguna, pero su mirada era ya, toda ella, una expresión de adoración, de plegaria, de canto. No estaba arrodillada, pero en esa mirada había tanta adoración que era como si estuviera más postrada que en la más profunda genuflexión. Decía: "¡Sanctus!", decía: "¡Adoro Te!", únicamente con la mirada.

Miraba a su Jesús llena de amor. No pronunciaba palabra alguna pero su mirada era, toda ella, una caricia. Cada caricia de esos ojos suaves decía: "¡Te amo! ". No estaba sentada. No tocaba al Hijo, pero su mirada le acogía como si Él estuviera en su regazo, rodeado por sus brazos maternos como en la Infancia, como en la Muerte, o aún más. Le decía: "¡Hijo mío!", "¡Dicha mía!", "¡Amor mío!", únicamente con su mirada.

Se deleitaba mirando al Padre y al Hijo. Y cada tanto, alzaba aún más el rostro y la mirada en busca del Amor que resplandecía en lo alto, perpendicularmente sobre Ella. Entonces, su luz deslumbradora, esa perla hecha luz, se encendía como si una llama la abrasara y la hiciera aún más bella. Ella recibía el beso del Amor y se tendía con toda su humildad y su pureza, con su caridad, para retribuir con una caricia la Caricia y decir: "Heme aquí. Soy tu Esposa, te amo, soy tuya, tuya por la eternidad". Y, cuando la mirada de María se enlazaba a sus fulgores, el Espíritu irradiaba aún con más fuerza sus llamas.

María volvía otra vez sus ojos hacia el Padre y el Hijo. Parecía que, una vez que el Amor se había depositado en Ella, lo distribuía. ¡Qué pobre es mi expresión! Lo diré mejor. Parecía que el Espíritu la había elegido para que recogiera en Ella todo el Amor y lo llevara después al Padre y al Hijo, de modo que los Tres se unieran y se besaran convirtiéndose en Uno. ¡Oh, qué dicha poder comprender este poema de amor! ¡Y qué dicha ver la misión de María, Sede del Amor!

Pero el Espíritu no concentraba sus rayos únicamente en María. Nuestra Madre es grande; sólo Dios está antes que Ella. Mas, ¿puede un dique, aunque sea sumamente grande, contener el océano? No lo puede, pues se colma y desborda. El océano tiene aguas para toda la Tierra, igual que la Luz del Amor. Esta Luz descendía como una caricia perpetua sobre el Padre y el Hijo y les estrechaba en un anillo resplandeciente. Y, tras haberse beatificado con el contacto del Padre y del Hijo, que correspondían con amor al Amor, seguía ampliándose y se extendía sobre todo el Paraíso.

Y el Paraíso se me revelaba en sus detalles... He ahí a los ángeles; están más arriba que los bienaventurados, forman círculos en torno al Eje del Cielo, que es Dios Uno y Trino, y cuyo corazón es la Gema virginal: María. Se asemejan más profundamente al Padre. Son espíritus perfectos y eternos, son rasgos de una luz cuya intensidad es inferior únicamente a la de Dios Padre, son de una belleza inenarrable. Adoran... emanan armonías.

¿Con qué lo hacen? No lo sé, puede que las emitan con los arrebatos de su amor, puesto que no se trata de palabras: el trazado de la boca no altera su luminosidad. Resplandecen como las aguas inmóviles embestidas por un radiante sol. Su amor es canto, es una armonía tan sublime que sólo por gracia de Dios puede oírsela sin morir de gozo. Más abajo están los bienaventurados. Ellos, en su aspecto espiritualizado, se asemejan más al Hijo y a María. Son más densos que los ángeles, diría que son visibles para los ojos y, lo que produce más impresión, sensibles al tacto. De todos modos, son inmateriales pero presentan los rasgos físicos, que son diferentes en cada uno de ellos, más marcados. Y eso me permite entender si se trata de un adulto o de un niño, de un hombre o de una mujer. No veo viejos, en el sentido de decrépitos.

Al parecer, allá arriba también los cuerpos espiritualizados de los que murieron en edad avanzada, dejan de presentar los rasgos de decadencia de nuestra carne. Es verdad que es más majestuoso un anciano que un joven, pero no lo es la escualidez de las arrugas, de la calvicie, de la boca sin dientes y la espalda encorvada, rasgos propios de los seres humanos. La edad máxima parece ser de unos 40 ó 45 años, o sea, corresponde a una floreciente virilidad, aunque la mirada y el aspecto demuestran una dignidad patriarcal. Entre los muchos espíritus... ¡oh, cuántos santos!... ¡y cuántos ángeles! ¡Los círculos, convertidos en una estela de luz, se funden con los azulados esplendores de una inmensidad sin confines! Y desde lejos, desde muy lejos, desde ese horizonte celeste, llega aún el eco del sublime aleluya y titila la luz que es el amor de este ejército de ángeles y beatos...

Esta vez veo, entre los muchos espíritus, uno imponente. Es alto, de aspecto bueno, aunque severo. Tiene una larga barba que desciende hasta la mitad del pecho y lleva en la mano unas tablas. Me parece que se trata de esas tablas enceradas que usaban los antiguos pueblos para escribir. Apoya la mano izquierda en dichas tablas y éstas, a su vez, sobre la rodilla izquierda. No sé quién es. Pienso que podría ser Moisés o Isaías. No sé por qué, pero lo pienso.

Me mira y sonríe con gran dignidad. Y nada más. ¡Qué ojos los suyos!: parecen hechos para dominar las multitudes y penetrar los secretos de Dios. Mi espíritu se acostumbra cada vez más a ver en la Luz. Y advierto que a cada fusión de las tres Personas - fusiones que se repiten con un ritmo apremiante e incesante, como si las acuciara un hambre insaciable de amor - se producen esos incesantes milagros que son las obras de Dios.

Veo que, por amor al Hijo - a quien siempre quiere dar el mayor número de adictos - el Padre crea las almas. ¡Oh, qué hermoso es! Ellas surgen del Padre como destellos, como pétalos de luz, como gemas globulares, como no soy capaz de describir. Las nuevas almas van surgiendo incesantemente... van surgiendo hermosas, felices de descender para introducirse en un cuerpo por obediencia a su Autor. ¡Qué bellas son cuando surgen de Dios! No las veo en el momento en que las enfanga la mancha original; no puedo verlas porque estoy en el Paraíso.

Y, por celo hacia su Padre, el Hijo recibe y juzga, sin pausa, a los que vuelven al Origen para ser juzgados, una vez que ha cesado en ellos la vida. Yo no los veo pero, por el cambio de expresión de Jesús, comprendo si son juzgados con júbilo, con misericordia o inexorablemente. ¡Cómo resplandece su sonrisa cuando se presenta ante Él un santo!

¡Qué luz de desconsolada misericordia cuando debe separarse de alguien que, antes de entrar en el Reino, debe purificarse! ¡Qué destello de dolorosa, de ofendida pesadumbre, cuando debe repudiar por la eternidad a un rebelde! Aquí comprendo qué es el Paraíso, de qué están hechas su Belleza, su Naturaleza, su Luz y su Canto. Están hechas de Amor. El Paraíso es Amor. El Amor lo ha creado todo en él. El Amor es la base sobre la que todo se apoya. El Amor es la cumbre de la que todo desciende.

El Padre obra por Amor. El Hijo juzga por Amor. María vive por Amor. Los ángeles cantan por Amor. Los bienaventurados elevan sus hosannas por Amor. Las almas se forman por Amor. La Luz existe porque existe el Amor. El Canto existe porque existe el Amor. La Vida existe porque existe el Amor. ¡Oh, Amor! ¡Amor! ¡Amor! ... Me anulo en Ti. Renazco en Ti. Yo, como criatura humana, muero porque Tú me consumes. Yo, como criatura espiritual, nazco porque Tú me creas.

¡Amor, Tercera Persona, bendito, bendito, bendito seas! ¡Amor, que eres amor de las Dos Primeras, bendito, bendito, bendito seas! ¡Amor, que amas a las Dos que te preceden, bendito, bendito, bendito seas! Tú, que me amas, bendito seas. ¡Oh, Luz mía! Yo, que te amo, te bendigo porque me permites amarte y conocerte...

 

 

 

Maria Valtorta:
Los cuadernos. 1943; 1944; 1945

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