Visión de los Arcángeles

Son tres jóvenes bellísimos. Me parece que tienen entre 20, o quizás entre 18 y 30 años. El más joiven es Rafael; el mayor (por su aspecto) es Miguel, el de la terrible belleza

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(CEV) "Los Quadernos 1945-1950", p. 114

 Maria ValtortaMaria Valtorta: "Vi el añil resplandeciente de los prados paradisiacos... Y aunque el único espectáculo posible fuera el de las regiones celestiales inundadas por la luz del Paraíso, esa luz que ninguna comparación logra explicar, ya bastaría para elevarnos a la bienaventuranza.

Note que esas extensiones del Reino celeste se me aparecían mucho más en lo alto que el corriente cielo cósmico pero, aun así, las veía muy nítidamente, como si no estuvieran más allá de los techos.

Toda vez que contemplo el Paraíso advierto esta sensación de lejanía infinita de la Tierra y de que yo soy transportada más allá de la atmósfera terrestre para ser acercada al Cielo paradisiaco y poder verlo bien.

En suma, me siento arrancada de la Tierra y llevada muy lejos, allá arriba.

No es el Paraíso, que está aún más arriba, pero se trata de un lugar que está lejos de toda la creación con sus planetas y estrellas.

Tengo la sensación de estar arrodillada con mi alma, y me arrodillaría también materialmente si no fuera porque un resto de vigilante razón me hace desistir de hacer manifestaciones de lo que pasa en mí.

Pero con el alma me prosterno porque siento que estoy en presencia de algo que es muy superior al hombre y que debe ser venerado aunque sea simplemente luz y azul ilimitados.

Desde un punto colocado entre el norte y el este, vienen a mi encuentro tres figuras refulgentes, caminando por los campos de zafiro como comunes mortales; su paso es majestuoso y sumamente digno. Sin embargo, no manifiestan ninguna afectación.

Por el contrario, caminan con soltura, sin perder majestad.

Sonríen al mirarme y también sus ojos sonríen cuando sus miradas se cruzan indicándome.

A medida que se acercan, veo los destellos de los hermosísimos ojos - de color azul zafiro en el primero, intensamente oscuros en el segundo, castaño dorados en el tercero - que resplandecen risueños a la luz del Paraíso. Vienen hasta el borde del campo celeste, más allá del cual y hasta el escalón inferior, donde me encuentro extasiada y en adoración, se extiende el vacío.

Se detienen allí mirándome, sonriendo como sólo un ángel puede sonreír y tomándose de la cintura como tres hermanos que se aman y que pasean juntos. Son los tres arcángeles: Gabriel, Miguel y Rafael. Intentaré hacerle un retrato de los tres. Son tres jóvenes bellísimos. Me parece que tienen entre 20, o quizás entre 18 y 30 años. El más joiven es Rafael; el mayor (por su aspecto) es Miguel, el de la terrible belleza.

El primero a la derecha es Gabriel, que representa unos 24 ó 25 años. Es alto, esbelto; tiene un rostro muy espiritualizado por los rasgos extasiados de perpetuo adorador. Sus cabellos rubios tienen el color del oro puro. Son ondulados y caen hasta tocar apenas los hombros, o mejor, la base del cuello y están sostenidos por una delgada diadema diamantada que, más que de metal o de gemas, parece hecha de una faja de luz resplandeciente.

Lleva uno de esos atavíos que muchas veces he visto en los cuerpos gloriosos, es decir, una vestidura como de luz entretejida de perlas y diamantes.

Es una túnica larga, suelta, castísima, que oculta por completo los pies y que apenas nos deja entrever la mano derecha, una mano de bellísima forma, abandonada a lo largo del cuerpo. Me mira con sus ojos de zafiro y su sonrisa es tan sobrenatural que, a pesar de ser una sonrisa, me atemoriza.

También el que está en el medio es muy alto, como su compañero. Se trata del que he definido terrible en su belleza austera.

Sus cabellos oscuros son más cortos y más rizados que los de su compañero; sus miembros son más robustos; en su frente desnuda no hay ninguna diadema pero sobre el pecho luce una especie de medallón de oro y piedras, hecho de esta manera, y sostenido al cuello por dos cadenillas de oro.

Sus piedras engarzadas forman caracteres, probablemente un nombre, pero no sé leer esas palabras, esas letras que no son como las nuestras. Está vestido como de oro llameante, hasta el punto de que su ropaje encandila por lo resplandeciente.

Parece que sus miembros ágiles y robustos están fajados por una llama clara, es decir, una llama que no es rojiza sino dorada. Su mirada oscura es severa y arroja rayos. No me causa temor porque siento que no está airado conmigo y que, por el contrario, me ama.

Pero lo terrible de su mirada debe de resultar angustioso para los pecadores y para Satanás. A diferencia de como lo representan, Miguel no tiene espada ni lanza, pero sus armas son en verdad sus ojos.

También su sonrisa es severa, muy austera. El tercer arcángel lleva un atavío ceñido por un cinto adornado con piedras preciosas. Es un atavío de un delicado color esmeralda; precisamente parece estar vestido del color que se ve cuando se mira al trasluz una esmeralda. Es alto, tiene cabellos oscuros, largos como los de Gabriel.

El color es precioso, pues son castaños y tienen reflejos de color oro oscuro.

Parece ser el más joven de los tres y, por su dulce y juvenil sonrisa, me recuerda un poco al apóstol San Juan. Pero Rafael tiene ojos de un delicadísimo color castaño y una mirada dulce, plácida, paciente, que es como una caricia.

Sonríe de un modo más humano que los otros. Todo en él se asemeja más a nuestro propio modo de ser. Es, por cierto, el "buen joven" del libro de Tobías'. Nos viene ganas de poner confiadamente la mano en la suya y decirle: "¡Guíame en todo!"

. Me miran, me sonríen, sonríen entre sí. Luego me saludan. Gabriel canta "Ave, María"; su voz asemeja a las notas de una incorpórea arpa y cada nota eleva al éxtasis. Al decir "María", recoge las manos sobre el pecho e inclina la cabeza; luego la alza, con una sonrisa que aumenta los destellos que emanan de todo su ser, hacia lo más alto del Paraíso.

Me doy cuenta de que, más que saludarme, ha querido mostrarme claramente quién es. Es el Arcángel que anuncia el gran misterio... y parece que sabe decir solamente esas palabras y venerar a la Virgen... Miguel roza el precioso medallón que lleva sobre el pecho.

Lo toma entre los dedos de la mano derecha, lo alza para mostrármelo y, con una voz en que resuenan ecos brónceos, dice: «El que está con Dios, lo puede todo. Nada puede Satanás contra el que está con Dios. Porque ¿quién es como Dios?».

Estas últimas palabras parecen hacer vibrar el aura celeste como si se tratara de un armonioso trueno.

Vuelve a dejar el medallón sobre el pecho y se arrodilla adorando al Eterno, al que yo no veo pero que, por la mirada del arcángel, me parece que está muy, muy en lo alto, en posición perpendicular a mí o inmediatamente a mis espaldas.

Rafael, el de la voz áurea, abre los brazos como para estrecharme en ellos y, al mismo tiempo, alza el rostro radiante de júbilo en la contemplación de Dios y dice: «Que el júbilo sea siempre contigo». Se parece un poco al ángel que ya he visto en dos visiones, pero es menos incorpóreo que él.

En la raíz del cabello brilla una luz en forma de estrella; es una luz tenue que consuela, que consuela como su resplandeciente atavío de color esmeralda claro.

Vuelven a mirarme. Luego se toman aún más estrechamente por la cintura y abren las alas perláceas, llameantes, de un color verdoso (fíjese que todavía no había notado esas alas detrás de la espalda). Suben velozmente al Empíreo cantando una canción imposible de repetir […]."

 

 

 

Maria Valtorta:
Los cuadernos. 1943; 1944; 1945

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