La Iglesia de Roma al final de los Tiempos

Mi Iglesia tendrá su día de hosanna antes de la última pasión. Los católicos -y todo el orbe conocerá entonces a la Iglesia Romana, porque el Evangelio resonará desde los polos hasta el ecuador

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(CEV) "Los Quadernos 1943", p. 456

 La Pasión de CristoJesus dice: "Dirijamos juntos la mirada a los tiempos que, como la calma de la aurora tras la noche de tempestad, precederán al Día del Señor.

Tú ya no estarás. Pero te alegrarás desde el lugar de tu reposo, porque verás cercano a su fin el combate del hombre y enflaquecerse el dolor para dejar a los vivientes el tiempo de volver a templarse para la última breve convulsión de la Tierra, antes de oír la orden que reúna a todos sus vivientes y a todos los que existieron desde el tiempo de Adán en adelante. Ya te lo he dicho'.

Mi Iglesia tendrá su día de hosanna antes de la última pasión.

Después vendrá el triunfo eterno. Los católicos -y todo el orbe conocerá entonces a la Iglesia Romana, porque el Evangelio resonará desde los polos hasta el ecuador y la Palabra irá como una franja de amor de un lado al otro del globo- los católicos, procedentes de una lucha ferocísima de la que ésta sólo es preludio, hartos de matarse y de seguir a dominadores brutales que tienen una insaciable sed de matar y una violencia insuperable, se volverán hacia la Cruz triunfante, que habrán vuelto a encontrar después de tanta ceguera.

Por encima de tanto fragor de exterminio y de tanta sangre oirán la Voz que ama y perdona y verán la Luz, más cándida que el lirio, que desciende de los Cielos para encaminarles a los Cielos. Como una marcha de millones y millones de tribus, los hombres irán con su espíritu hacia Cristo y pondrán su confianza en el único ente de la Tierra donde no hay sed de opresión ni deseos de venganza.

Será Roma quien hable.

Pero no la Roma más o menos grande y establemente grande que puedan obtener los jefes de los pueblos. Será la Roma de Cristo. La que venció a los Césares, los venció sin armas y sin lucha, con una única fuerza: el amor; con una única arma: la Cruz; con una única oratoria: la oración.

Será la Roma de los grandes Pontífices, que en un mundo oscurecido por las invasiones bárbaras y embrutecido por las destrucciones supo conservar la civilización y expandirla entre los incivilizados.

Será la Roma que hizo frente a los prepotentes y por boca de sus santos Ancianos supo defender a los débiles y poner el aguijón de un castigo espiritual incluso para quienes aparentemente eran refractarios a cualquier remordimiento.

Entre vosotros, oh pueblos distintos, no podéis llegar a un acuerdo duradero.

Todos tenéis las mismas aspiraciones y las mismas necesidades, y como en el plato de una balanza el peso de la parte buena de uno va en detrimento del otro.

Vivís para tener siempre la parte mejor, y os matáis por ello.

Es una alternancia que se hace cada vez más grave. Escuchad la voz de quien no tiene sed de dominio y quiere reinar tan sólo sobre los espíritus, en nombre de su Rey Santísimo.

Llegará ese día en que, decepcionados de los hombres, os volveréis a Aquel que ya es más espíritu que hombre y que sólo conserva de la humanidad cuanto es imprescindible para persuadiros de su presencia.

De su boca, que Yo inspiro, vendrá la palabra semejante a la que os diría Yo, Príncipe de la Paz.

Os enseñará la perla preciosísima del perdón mutuo y os persuadirá de que no hay mejor arma que el arado y la hoz que hiere los terrenos para hacerlos fértiles y que corta las hierbas para hacerlas más hermosas.

Os enseñará que el cansancio más santo es el que proviene de conseguir un pan, un vestido, una casa para los hermanos, y que sólo amándose como hermanos no se volverá a conocer el veneno de odio y de torturas de guerra.

Hijos, iniciad la marcha hacia la Luz del Señor.

No os vayáis por otros sitios a tientas entre las ciegas tinieblas.

Mis predilectos en cabeza, venciendo todo humano temor porque Yo estoy con vosotros, oh queridísimos de mi Corazón, los demás arrastrados por el ejemplo de mis santos, iniciad este nuevo Éxodo hacia la nueva Tierra que Yo os prometo y que será vuestra propia Tierra, pero transformada por el amor cristiano.

Separaos de quienes son idólatras de Satanás, del mundo y de la carne. Separaos sin desprecio.

El desprecio no beneficia. Destruye sin servir para nada.

Pero separaos para no ser contagiados por ellos. Amadlos con un amor de redentores, poniendo como baluarte entre vosotros y ellos vuestra fe en Cristo.

No sois lo suficientemente fuertes como para poder vivir sin peligro entre ellos.

Demasiados siglos de decaimiento espiritual cada vez mayor os han debilitado. Imitad a los primeros cristianos.

Sabed vivir en el mundo pero aislados del mundo por la fuerza de vuestro amor a Dios.

Y nunca os dobleguéis a creer un superhombre al miserable hombre que no se distingue de los animales porque como ellos ha puesto su parte mejor en el instinto: lo único que no le haga peor que un animal.

El Profeta dice: "Dejad pues al hombre que tiene el espíritu en las narices". Quiero que interpretéis en este sentido la frase.

El animal privado de la respiración no es más que un despojo inmundo. Su única vida está en la respiración.

Cerradas las narices a este soplo, deja de existir y se convierte en una carroña.

Hay muchos hombres que no son superiores a esto, no teniendo otra vida fuera de la animal que dura cuanto dura su respiración.

El espíritu está muerto, el espíritu hecho para los Cielos.

Por tanto es correcto decir que hay hombres que tienen por espíritu la respiración de sus narices y de los que es mejor estar espiritualmente lejos, para que el aliento de Satanás, y de la bestialidad que sale de ellos, no manche vuestra humanidad y la haga semejante a ellos.

Rezad por ellos, oh vosotros los benditos. Esto es caridad. Y con eso basta.

Las palabras no entran en los que están cerrados a la Palabra.

Y no creáis que es extraordinario quien exhala y sopla por sus narices su prepotencia y su soberbia como una bestia enfurecida.

Sólo es grande quien tiene vivo el espíritu y por eso es hijo de Dios.

Los demás son pobres cosas cuya falsa elevación está destinada a la gran caída y cuya memoria no sobrevive más que como recuerdo de escándalo y de horror".

 

 

 

 

Maria Valtorta:
Los cuadernos. 1943; 1944; 1945

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