La confrontación final

Cuando llegue el momento de mi Reino pacífico...Será el periodo... en el que el espíritu habrá alcanzado esa evolución por la que espontáneamente os separaréis en dos partes

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(CEV) "Los Quadernos 1943", p. 479

 La Pasión de CristoJesus dice: "Cuando llegue el momento de mi Reino pacífico -y llegará por que lo he prometido y Yo no falto a mis promesas todos los buenos que estén en la tierra vendrán a Mí. Será el periodo del que te hablé, el periodo en el que el espíritu habrá alcanzado esa evolución por la que espontáneamente os separaréis en dos partes.

Los que viven fuera del espíritu yacerán en sus tinieblas en espera de ser tropa para el Príncipe del Mal.

Los vivientes en el espíritu vendrán al séquito del Hijo santo de Dios, del Retoño del Señor, amado y bendecido por los hombres en gracia que entonces comprenderán lo que ahora comprenden algunos pocos elegidos, y comprenderán cuál sea mi gloria y la suya de hijos de Dios.

Reuniré a mis santos, porque es santo quien me ama y sigue obe­diente y fiel.

Les reuniré desde los cuatro rincones de la Tierra. Y por su amor perdonaré las iniquidades de los hombres.

La bondad de los santos apagará el rigor de la Justicia, mi amor y el de los santos limpiará con su fuego la Tierra.

La Tierra será como un gran altar, pacificada consigo misma y con Dios, y sobre este altar el Ma­estro instruirá a los hombres en el conocimiento exacto de la Verdad, para que los buenos no vacilen cuando Satanás, furioso al ver a Cristo adorado por la humanidad, se desate para la última batalla.

Lucha de espíritu contra espíritu. Satanás opondrá a mi Reino espiritual y a mi instrucción su satánica guerra a los espíritus, para extraviar a cuantos más pueda, los más débiles, y sacará de sus reservas, de sus fortalezas, donde están los que han permanecido fieles a la Bestia aún después de la derrota de la Bestia y de su minis­tro, a los agentes de seducción para destruir por última vez la obra de Dios, cuya destrucción inició al pie del árbol del Bien y del Mal.

La época satánica será tres veces más feroz que la época anticristiana.

Pero será breve porque por los vivientes de esa hora reza­rá toda la Iglesia triunfante entre las luces el Cielo, rezará la Iglesia purgante entre las llamas purificadoras del amor, rezará la Igle­sia militante con la sangre de los últimos mártires.

Se salvaran quienes, mientras que las tinieblas y el ardor, las tempestades y los fulgores de Satanás trastornen el mundo, sepan estar a la sombra del tabernáculo de donde sale toda fuerza, porque Yo soy la Fuerza de los vivientes y quien se alimenta de Mí con fe y amor se hace uno con mi Fuerza.

Y los que se salven serán pocos, porque tras siglos y siglos de mi amor hacia el hombre, el hombre no ha aprendido a amar.

Pero nadie podrá acusarme de perderse.

¿Qué más podía hacer por vosotros, oh hijos de Dios que habéis preferido ir lejos de la casa del Padre, y a veces vender vuestro linaje divino al Enemigo de Dios? No digáis que Yo, poderoso, podía impedir que el Mal os acechase y podía haceros buenos con mi autoridad.

Entonces hubierais tenido menos mérito que el tallito de hierba que el pie pisa sin sentirlo, porque la hierba nace de la semilla obedeciendo el decreto de Dios. Nace y crece por sí misma. Y recibe una mínima parte de cui dados del Altísimo en relación con los que vosotros recibís.

El tallo recibe de Dios sol, rocío y un terrón de tierra.

Vosotros tenéis la inteligencia para guiaros, tenéis la Gracia para iluminaros, la Ley para conduciros, a Mí por Maestro, mi Sangre por Salvación.

Os he dado todo y vosotros me habéis dado tan poco, ¡cada vez menos!

Os he cuidado con paciencia de Dios y os habéis sublevado contra Mí.

Incluso los menos culpables fueron siempre indolentes. Siempre habéis temido hacer demasiado por vuestro Dios que lo ha hecho todo por vosotros. Por esto os vienen los castigos.

Son aún llamadas de amor para convenceros de que existe Dios y que los otros dioses que servís en la fidelidad que a Mí me negáis sólo pueden daros engañosas promesas y mal seguro.

De castigo en castigo, aumentado en la medida en que vosotros aumentáis la idolatría y la fornicación, llego a los grandes castigos, y éste es uno de ésos en los que no ya una hilera de mi viña, sino toda la viña está abierta e invadida, devastada y revuelta por aquel que servís y que Yo dejo que os persuada con sus dones de muerte.

Por eso os digo: "Venid a Dios, llamad a Dios con verdad de pensamiento y de corazón, y Dios se asomará al horizonte ensangrenta­do y Satanás torturador huirá dejándoos libres".

Pero no llamáis a Dios. Os basta con pensar en hacer del mal común un bien propio: aumentar vuestras riquezas, arrebatar pode­res cada vez más altos, gozar y gozar. No os cuidáis de quien los mejores sufre. De Dios, menos aún.

Al contrario os alzáis con desafío, osando llamarle, oh blasfemadores, para ratificar vuestros actos y pensamientos satánicos.

Lo desafiáis a que se muestre por que os decís: "Dios no existe. Dios somos nosotros".

Sobre vuestra lengua maldita y vuestra alma vendida ya Satanás acumula las brasas infernales y Yo las enciendo con mi furor. Os maldigo desde ahora, serpientes con aspecto de hombre, y si recibís los anatemas de mis santos y las imprecaciones de mis bue­nos corno si fuera pluma de pájaro que si os cae encima no hace daño porque poseéis un corazón de granito-, mi maldición penetrará para atormentaros porque Yo soy quien abre los valles, quiebro los montes, separo los mares, sacudo la tierra con el deseo de mi pensamiento, y puedo penetrar en el pedernal de vuestro corazón y hacerlo añicos como si fuera una frágil bola de cristal.

Profanadores, mentirosos, inicuos, malditos seáis por todo el mal que hacéis, por todas las almas que me arrojáis en la desesperación de la bondad de Dios, que me corrompéis con vuestros ejemplos y que me robáis dañándolas de todas las maneras.

Pero no teméis.

Del mismo modo que seré justo y piadoso hacia los débiles que con vuestra fuerza habéis doblegado al mal, así seré justo e inexorable con vosotros. Ya desde esta tierra.

Vuestro poder, vuestra riquezas robadas, destiladas del dolor de miles de hombres, se esfumarán en vuestras manos como el humo de la paja que se quema porque está demasiado sucia para conservarla. No habrá defensa que valga contra vosotros que habéis pasado la medida.

Quien tenga oídos para entender que entienda.

No se extiende la mano sucia de sangre contra el candor del Santo que habla en nombre del Santo de los Santos y contra el Santuario más elegido que el templo de Jerusalén, porque sus cimientos fueron bautizados, aun antes de ser iniciados, por la sangre de mis héroes, y sus piedras han tenido por rocío el purpúreo baño de infinitos mártires. Allí está el lecho donde descansa, en espera de resurgir al lado de su Maestro, la carne de mi Piedra elegida.

Y Yo os juro que ese lugar es mucho más santo de cuanto lo fuera el Templo de Salomón, y a los profanadores de ese lugar, que ya es Paraíso -entended vosotros el porqué- sucederá lo que sucedió a todos cuantos desafiaron la gloria del Señor».

 

 

 

 

Maria Valtorta:
Los cuadernos. 1943; 1944; 1945

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