(10) Jesús es flagelado, coronado de espinas y condenado

«¿Pero no sabes que tengo poder para liberarte o para crucificarte?». «No tendrías ningún poder, si no se te diera de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti es más culpable que tú».

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(CEV) "El Evangelio como me ha sido revelado", Vol. X, p. 21

Jesús es flagelado

Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En él, enteramente enlosado con mármoles de color, en su centro hay una alta columna semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna tiene un brazo de hierro que sobresale al menos un metro y que termina en una argolla. A ésta columna - tras haberle hecho desvestirse, de forma que ha quedado únicamente con un pequeño calzón de lino y las sandalias- atan a Jesús, con las manos unidas por encima de la cabeza.  Levantan las manos, atadas por las muñecas, hasta la argolla, de forma que Él, a pesar de ser alto, no apoya en el suelo más que la punta de los pies... Y también esta postura debe ser un tormento. […]

Detrás de Él se coloca uno de cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, con la misma cara. Están armados con el flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y acabadas en un martillito de plomo. Rítmicamente, como si estuvieran haciendo un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno, delante; el otro, detrás. De forma que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos. [...] golpeando el pobre cuerpo, ese pobre cuerpo tan delgado y de un color blanco de marfil viejo, que primero se pone cebrado, de un rosa cada vez más vivo, luego morado, para ornarse luego de relieves de color añil, hinchados de sangre, y luego se abre y rompe y suelta sangre por todas partes. Los verdugos se ceban especialmente en el tórax y en el abdomen; pero no faltan los golpes en las piernas y en los brazos, e incluso en la cabeza, para que no hubiera un lugar de la piel sin dolor. […] Le desatan, y Jesús se derrumba como muerto.

Jesús es coronado de espinas

«Espera. Los judíos quieren un rey. Vamos a dárselo. Ése...» dice un soldado. Y sale raudo -sin duda, a un patio de detrás-. Vuelve con un haz de ramas de espino albar agreste, todavía flexible porque la primavera mantiene blandas las ramas, de espinas bien duras y aguzadas. Con la daga, quitan hojas y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas y lo acalcan en la pobre cabeza... Pero la bárbara corona penetra hasta el cuello.

The Passion of the Christ

Soldado: «No va bien. Más pequeña. Quítasela».

La sacan, y, al hacerlo, arañan las mejillas -incluso con el peligro de cegar a Jesús- y arrancan cabellos. La hacen más pequeña. Ahora está demasiado estrecha y, aunque aprietan -hincando en la cabeza las espinas-, puede caerse. Otra vez afuera, arrancando más pelo. La modifican de nuevo. Ahora va bien. Delante hay un triple cordón espinoso; detrás, donde los extremos de las tres ramas se entrecruzan, hay un verdadero nudo de espinas que entran en la nuca.

«¿Ves qué bien estás! Bronce natural y rubíes puros. Mírate, rey, en mi coraza» [...] «No es suficiente la corona para hacerle a uno rey. Se necesita la púrpura y el cetro. En el establo hay una caña y en la cloaca hay una clámide roja. [...] Y, cuando éste las trae, ponen el sucio trapajo sobre los hombros de Jesús y, antes de ponerle entre las manos la caña, le dan con ella en la cabeza, hacen reverencias y saludan: «¡Ave, rey de los Judíos!», y se tronchan de risa. Jesús no les opone resistencia. Se deja sentar en el "trono" (un barreño colocado boca abajo, usado, sin duda, para dar de beber a los caballos), y se deja golpear y escarnecer, sin decir nada nunca. Solamente los mira... y es una mirada de una dulzura tan grande y de un dolor tan atroz […]

Jesús es condenado

[...] Jesús recorre con su mirada la muchedumbre y, en el mar de caras cargadas de odio, encuentra rostros amigos. ¿Cuántos? Menos de veinte amigos entre millares de enemigos... Y agacha la cabeza, bajo la impresión de este abandono. Una lágrima rueda... y otra... y otra... El ver su llanto no genera piedad; antes bien, un odio aún más sañudo.[...] Entra una romana. Se arrodilla mientras entrega una tablilla encerada.

Debe ser la tablilla en que Prócula ruega a su marido que no condene a Jesús. [...] Pilato lee. […] «¿Pero no sabes que tengo poder para liberarte o para crucificarte?». «No tendrías ningún poder, si no se te diera de arriba. Por eso el que me ha entregado a ti es más culpable que tú».

Pilato está en ascuas. Quisiera y no quisiera. Teme el castigo de Dios, teme el de Roma, teme las venganzas judías. El miedo a Dios vence un momento. Va al extremo frontal del atrio y dice con voz potente: «No es culpable».

«Si dices eso, eres enemigo de César. Quien se hace rey es su enemigo. Lo que quieres es liberar al Nazareno. Ya nos encargaremos de que lo sepa César».

Se apodera de Pilato el miedo al hombre. «En definitiva, que queréis verle muerto, ¿no? Pues así sea. Pero no manche mis manos la sangre de este justo». Pide un balde y se lava las manos ante la presencia del pueblo, que parece ebrio de frenesí mientras grita:

«Sobre nosotros, sobre nosotros caiga su sangre;
caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. No la tememos. ¡A la cruz! ¡A la cruz!».

The Passion of the Christ

Poncio Pilato [...] llama al centurión Longino y a un esclavo. Manda a éste que le traiga una tabla. Sobre ésta apoya un cartel y en él manda escribir: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos». Y lo muestra al pueblo [...] Y, en pie, erguido, extiende la mano con la palma hacia delante y vuelta hacia abajo y ordena: «Que vaya a la cruz. Soldado, ve, prepara la cruz».