Conozca a su enemigo: El origen del mal

Lucifer no fue tan santo como para ser completamente amor

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Conozca a su enemigo: El origen del mal

(CEV) "Los Quadernos 1945-1950", p. 155

Angel AzariaEl Ángel Azarías dice: "Jesús es el Compendio del amor de los Tres. Jesús es el Compendio de lo que es la Santísima Trinidad y la Unidad de Dios. Es la perfección de los Tres compendiada en Uno solo. Es la infinita, multiforme Perfección compendiada en Jesús.

Es un abismo de Perfección ante el cual se postran en adoración las milicias celestes y las bienaventuradas muchedumbres del Paraíso. Es un abismo de Amor que pudo ser y puede ser comprendido y aceptado solamente por los que poseen amor.

Por lo que aquí se explica cómo pudo convertirse en Espíritu del Mal el arcángel que era un espíritu benigno y santo, pero no tan santo como para ser completamente amor. Precisamente, es la medida del amor que uno lleva en sí, la que establece la medida de su perfección y de su grado de oposición a toda corrupción.

Cuando el amor es total, ya nada puede abrirse a la corrupción. La molécula que no ama es una brecha que permite fácilmente la infiltración de los primeros elementos que no son amor. Y ellos fuerzan, ensanchan, inundan y así sumergen los elementos buenos hasta matarlos. Lucifer tenía una medida de amor incompleta.

En él había un espacio ocupado por la complacencia de sí mismo, o sea, un espacio en el que no podía haber amor. Y por esta brecha entró, para perderle, su depravación. Debido a ella, no pudo comprender y aceptar al Cristo-Amor, Compendio del infinito, del único, del trino Amor.

Y el hecho de que hoy en día esté más difundida la herejía que niega la Humanidad Divina de la Segunda Persona y que hace de Él simplemente un hombre bueno y justo, se explica fácilmente con esta clave: la falta de amor en el corazón humano, la incapacidad de amar, la escasa posesión de amor.

[...] observa que, tanto en la época de Cristo como luego en la era cristiana, siempre fueron dos los puntos que se empecinó en negar el arrogante intelecto del hombre que, si no es humilde y amoroso, no puede creer: uno, que Cristo era Dios y Hombre y que hizo únicamente acciones espirituales, por las cuales fue odiado hasta por los más íntimos de los suyos y, por lo tanto, también fue traicionado; dos, que Cristo creó el Sacramento del Amor.

En aquel entonces, ahora, siempre, heréticamente los "sin amor" dijeron y dirán que Dios no puede estar en Jesús y que Jesús no puede estar en la Santísima y adorable Eucaristía.

[...] (Maria Valtorta) Más tarde vuelvo a leer, medito y me detengo obstinadamente en la frase: "Lucifer no fue tan santo como para ser completamente amor". En mi concepto sublime de los ángeles, no logro comprender cómo un espíritu angélico pudo haber tenido faltas. ¡Ante el pecado de los ángeles, siempre he tenido un invencible estupor! Y nadie ha logrado darme jamás una explicación capaz de persuadirme de qué modo, en un mundo en el que faltaba el elemento "Mal" porque aún no se había formado, ciertos seres espirituales, creados por la perfecta voluntad de Dios, seres que contemplaban la eterna Perfección - y nada más que ésa - hayan podido pecar. Y ahora la frase: "... no tan santo como para ser completamente amor" me detiene y suscita de nuevo en mí la pregunta: "¿Cómo pudo suceder eso?".

 

Angel AzariaEl Ángel Azarías dice: "Los ángeles son superiores a los hombres. Diciendo "hombres", me refiero a los seres así llamados, compuestos de materia y espíritu. Entonces, somos superiores nosotros, que somos sólo espíritu. Mas recuerda que, cuando en el hombre vive la Gracia y circula la Sangre del Místico Cuerpo cuya Cabeza es Cristo y ya está fortalecido por los siete Sacramentos desde el nacimiento hasta la muerte y en todos los estados y fases de la vida, entonces en vosotros, que por eso sois "templos vivos del Señor", nosotros vemos al Señor y le adoramos en vosotros.

En este caso, sois superiores a nosotros, sois "otros Cristos" y poseéis lo que se llama "Pan de los ángeles" que, en realidad, es Pan solamente de los hombres. ¡Ésta es la mística y no saciada hambre de Eucaristía que existe en nosotros y que nos lleva a estrecharnos a vosotros cuando os nutrís de Ella para sentir la fragancia divina de este Pan perfecto!

Mas, para volver al principio, te diré que en los ángeles, que somos diferentes de vosotros en cuanto a naturaleza y perfección, existe - como en vosotros - la libre voluntad. Dios no creó esclavos. Al principio, en la creación existía sólo el Orden. Pero el Orden no excluye la libertad. Por el contrario, en el Orden existe la perfecta libertad.

Y tampoco existe en el orden, como fuerza constrictora, el temor de una invasión, de una intromisión, de una anarquía de otras voluntades que, al penetrar en la órbita y en la trayectoria de otros seres o cosas creadas, puedan producir colisiones y ruina.

Así era todo el Universo antes de que Lucifer, abusando de su libertad, por su propia voluntad creara en sí mismo el desorden de las pasiones para crear desorden en el Orden perfecto. Si hubiera sido todo amor, no habría encontrado lugar en sí mismo para ninguna otra cosa que no fuera amor. En cambio, encontró lugar para la soberbia, que es lo que podríamos definir el desorden del intelecto.

¿Dios habría podido impedir este hecho? Sí, habría podido hacerlo. Mas, ¿por qué forzar la libre voluntad del bellísimo e inteligentísimo arcángel?

De ese modo, no queriendo ya lo que antes había querido, o sea, la libertad del arcángel, ¿no habría sido Él mismo, el Justísimo, quien acabaría por llevar el desorden a su ordenado Pensamiento? Dios no oprimió el espíritu turbado para ponerlo, con la violencia, en la imposibilidad de pecar.

En ese caso, su conducta no pecaminosa no habría tenido mérito alguno. También para nosotros fue necesario el "saber desear el Bien" para seguir mereciendo el gozo de la vista de Dios.

¡Qué beatitud infinita! Así como había querido a su lado al arcángel sublime en los primeros actos de la Creación, haciendo que tuviera total conocimiento de esa creación de amor, del mismo modo Dios quiso que el arcángel conociera la adorable y dolorosa necesidad que su pecado le había impuesto a El mismo: la Encarnación y la Muerte de un Dios para contrabalancear la ruina del Pecado que se habría producido si Lucifer no hubiera vencido en sí mismo la soberbia. Tal era el único lenguaje que podía emplear el Amor.

La primera aniquilación de Dios está en este acto de querer doblegar dulcemente al soberbio, casi suplicándole, con la visión de lo que su soberbia iba a imponer a Dios, que no pecara, para no llevara a otros a pecar.

Era un acto de amor. En cambio Lucifer, ya completamente poseído por la furia satánica, lo tomó por miedo, debilidad y afrenta, como una verdadera declaración de guerra y, por eso, declaró guerra al Perfectísimo diciendo: "¿Tú eres? Pues, yo también soy. Lo que has hecho, lo has hecho gracias a mí.

Dios no existe. Y si existe un Dios, soy yo. Yo me adoro. Yo te aborrezco. Yo me niego a reconocer como mi Señor a quien no sabe vencerme. Si no querías rivales, no debías haberme creado tan perfecto. Ahora yo soy y estoy contra ti.

Vénceme, si puedes. Pero no te temo. También yo crearé y por mi causa va a temblar toda tu Creación, porque yo la sacudiré como un jirón de nube zarandeado por los vientos, pues te odio y quiero des truir lo que es tuyo para construir sobre las ruinas lo que será mío. No conozco y no reconozco ninguna otra potencia más que yo. Y ya no adoro, ya no adoro, ya no adoro a nadie que no sea yo mismo".

En verdad, entonces se produjo en la Creación, en toda la Creación, desde las más insondables profundidades, una pavorosa convulsión debida al horror que produjeron estas sacrílegas palabras.

Fue una convulsión tan grande que ni siquiera la habrá igual al final de la Creación. Y de ella nació el Infierno, el reino del Odio.

¿Comprendes ahora, alma mía, cómo nació el Mal?

Nació de la libre voluntad, que el Señor respetó, de uno que no era "todo amor".

Y, créeme, sobre todo pecado que desde entonces se comete, grava este juicio: "Aquí no todo es amor".

El amor total impide el pecado. Y lo hace sin esfuerzo. ¡Al que ama, no le cuesta alcanzar la justicia!

El amor le eleva por sobre todos los fangos y los peligros y le purifica continuamente de las mínimas imperfecciones que aún perduran en el último grado de la santidad consumada, es decir, en ese estado en el que el espíritu ya ha progresado tanto que es verdaderamente un rey y ya está unido en espiritual connubio a su Señor, y goza de una vida que es menor sólo de un grado a la de los bienaventurados en el Cielo, pues de tal modo el Señor se dona y se revela a su hijo bendito.» Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

 

 

 

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