Conozca a su enemigo: El diablo como un león

Os lo repito: mientras siga rugiendo, es poco peligroso; pero cuando, tras haberse hecho oír, calla, entonces el peligro llega al punto culminante

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Conozca a su enemigo: El diablo como un león

(CEV) "Los Quadernos 1944", p. 291

 La Pasión de CristoJesus dice: "Dice mi Pedro: "El diablo, que es vuestro adversario, gira en torno a vosotros como un león rugiente en busca de la presa; resistidle con la fuerza de la fe, recordando que vuestros hermanos dispersos por el mundo sufren los mismos padecimientos vuestros".

En las regiones africanas donde vive el león, los hombres y las bestias saben cómo conducirse con él. Una vez te he llevado conmigo a oriente, cerca de una fuente rebosante de aguas... y te he dicho: "Sé como ella".

Hoy te llevo conmigo a las florestas eternas, cuyos gigantes arbóreos son los descendientes de los que surgieron de la nada, por voluntad del Padre, ante los ojos atónitos de los primeros padres. Así podrás ver algo diferente de lo que te pone melancólica. Mira.

Las altas cimas de estos milenarios gigantes verdes se alzan contra un cielo aún más azul que mis mismos ojos. Y, enlazadas las unas a las otras, allí en lo alto hablan de los hechos de aquí abajo a los vientos y las estrellas, que éstas no pueden ver porque se los oculta el techo verde.

Debajo está el sotobosque, denso como un laberinto, intricado por las lianas y las raíces que parecen serpientes, ornado con aderezos traidores: las serpientes en acecho.

Aún más abajo se extiende la felpa tupida del prado, cuyas hierbas han nacido en un terreno virgen, rico de mil humores, en el que encuentran dulce apacentamiento y reposo los antílopes y las gacelas, y alimento millones de pájaros de diversos colores y cantos.

Hay flores, helechos, diademas de corolas, antros verdes, grutas musgosas y frescos cursos de agua y una luz verde que apacigua en medio del sol que encandila cuando logra penetrar en los senderos que el hombre ha abierto con esfuerzo o a lo largo de un espejo de agua tan vasto que la bóveda vegetal está obligada a abrirse como un pozo verde.

El rey de estas florestas es el león. De todo lo que corre o salta, o se arrastra, se trepa, vuela o camina, nada puede hacerle frente.

El hombre que pasa con su manada al borde de la floresta, emigrando hacia zonas de pacedura o de mercado, construye para sí y para los demás, recintos para encerrar en ellos el ganado en las noches frías y serenas. Apenas cae la noche, los animales se refugian en la espesura o se agazapan en lo alto de los árboles para eludir su asalto, porque el león no ataca mientras el sol brilla en el cielo.

Espera la noche, las sombras engañadoras de la luna, o las tinieblas densas, para atacar a su presa. Apenas cae la noche, aparece y ruge, ruge en torno a los recintos de los hombres y a las guaridas de las bestias. No entra en ellas, espera. Espera que el imprudente salga de su refugio. ¡Se cometen siempre tantas imprudencias: deseo de alivio, curiosidad de ver, prisa por llegar! El león está allí.

Espera, paladeando el sabor de la presa, golpeándose los costados por la impaciencia y por la ira que le causa la larga espera y, en tanto, gira en busca del punto por donde saldrá el imprudente y cuando lo encuentra está al acecho o bien, estudia los movimientos habituales y tiende su emboscada. Ahora está callado, pues sabe que el imprudente está al llegar. Calla para que éste crea que ya no está allí. Y, en cambio, nunca está tan presente como cuando calla.

[...] El diablo procede como el león. Aprovechando que se ha puesto el sol, gira en torno a vuestras almas. No osa aparecer para asaltaros mientras el sol está alto en vuestro espíritu. Ruge, pero no asalta.

¿Qué importa si ruge? Deja que ruja de rabia. Quédate bajo el Sol, bajo tu Dios, y no temas. ¿Ya no ves el Sol? Mas Él existe.

Si en una hora de prueba tu vista se niebla y no puedes ver su aspecto, aprende a sentir su calor.

¿No sabes que el hielo te mataría si tu Sol estuviera muerto para ti?

Si tu espíritu vive, aunque Dios lo haya enceguecido, es porque aún te besa el Sol. ¡Oh, si las almas supieran quedarse siempre bajo el Sol eterno y, aun en medio de las tinieblas de la prueba, no salieran del cenit solar y dijeran: "Me quedo en mi lugar.

Aquí, donde me ha dejado, Dios me encontrará porque no cambio la razón de mi fe y de mi amor"!

El diablo va rondando en busca del pasaje que le permita extender su garra y aferrar al incauto que está demasiado cerca de la abertura, o sea, de la tentación.

O, de lo contrario, espera que salga, como presa voluntaria que se deja atraer por los sentidos. O pone en práctica la insidia más astuta: calla y queda al acecho y el que vive sin estar unido a lo divino, cae en su trampa.

Os lo repito: mientras siga rugiendo, es poco peligroso; pero cuando, tras haberse hecho oír, calla, entonces el peligro llega al punto culminante: calla porque ha descubierto vuestro punto débil y vuestras costumbres y ya está listo para arrojarse sobre vosotros.

Vigilad.

Si sobre vosotros brilla la luz de Dios, ella os ilumina y no hace falta nada más. Pero si vivís en las tinieblas, permaneced anclados en la fe y no os alejéis de ella por ningún motivo. ¿Todo os parece muerto y anulado?

Decíos a vosotros mismos: "No, todo es como antes". Decidle a Satanás: "No, todo es como antes". ¡Cuántos han padecido vuestras mismas torturas antes que vosotros!

Las han padecido "vuestros hermanos esparcidos por el mundo": vuestros hermanos, en el mundo.

Entiendo aquí por mundo no tanto esta Tierra, en la que vivís, y todos sus habitantes; mundo es la -Comunión de todos los seres vivos.

Digo: "de todos los seres vivos", o sea, de todos los que están en la Vida eterna, tras haber querido y sabido permanecer en la "Vida" mientras estaban en la Tierra.

Pues bien, estos hermanos vuestros, esparcidos como flores eternas en mis paradisíacos jardines, no sólo recuerdan sus luchas pasadas y, por lo tanto, saben comprender las vuestras, sino que, por la Caridad que ya constituye toda su Vida, en la bienaventuranza sufren porque os ven sufrir.

Es éste un sufrimiento por amor, que no empaña su júbilo mas que introduce en él un matiz de vehemente caridad, que les lleva a apiadarse de vuestros afanes y a socorrerlos.

El Cielo entero está desplegado sobre vosotros, que estáis luchando por mi Nombre y con mi Nombre en el corazón, y os ayuda. No vayáis más allá de la triple barrera de las virtudes teologales ni de la segura defensa de las cuatro virtudes cardinales. He aquí vuestras defensas: fe, esperanza, caridad; justicia, temperanza, fortaleza, prudencia. Contra ellas se quiebran las uñas de Satanás y éste pierde su aspereza y no puede dañaros.

Cuando el Sol, vuestro Dios, vuelve a brillar sobre vuestras almas victoriosas, que han vencido la atormentada noche, os quedáis asombrados al ver la obra liberatoria que el mismo demonio ha cumplido, contra su voluntad, mientras rondaba enfurecido a vuestro alrededor, porque en su furia impotente, al poneros a la defensiva, ha hecho que las pequeñas imperfecciones, como tiernas hierbas demasiado pisoteadas, murieran definitivamente y que sobre el suelo desnudo descendiera triunfante la luz, para que creciera con más fuerza vuestra flor, vuestro espíritu, creado para vivir en el Cielo. Ve en paz.

Vuelve a tu cruz y a tus tinieblas' llevando contigo la paz, llevándote el recuerdo de este sol. Ve. A pesar de que en estas horas, entre la sexta y la nona, no puedes vernos porque el dolor te enceguece, cree en Mí y en mi Madre». [...]Dije que el león conoce las costumbres de los que quiere devorar; las estudia para conocerlas. Es sumamente inteligente. Comprende enseguida.

También Satanás es inteligentísimo y comprende enseguida. Se trata siempre de un ángel, aunque sea un ángel caído, porque su mente sigue siendo la de un ángel; sólo que ahora la emplea para el mal mientras Yo le había dado esa mente poderosa para que obrara el bien.

El león sabe que sus víctimas van de noche a saciar la sed en esos cursos de agua que riegan el terreno abrasado por el sol. Conoce los prados adonde van a pacer el espeso manto de hierba. Sabe cuándo vuelve el hombre a su morada, tras la labor. Sólo tiene que apostarse en estas etapas.

El deseo de un alivio físico o la imprudencia humana llevan al hombre y al animal hacia sus dientes inexorables.

Las mansas gacelas y los veloces antílopes, igualmente cautelosos y temerosos durante el día, cobran coraje por la noche, impulsados por la sed y el hambre. Y, de este modo, van al encuentro de la muerte.

Así también el hombre, acosado por la excesiva avidez de ganancias, se demora y sigue trabajando aún después del crepúsculo.

Y, camino del regreso, la muerte lo detiene para siempre. Así también el apetito carnal arrastra a una pareja fuera del reparo de la zona habitada buscando un escondite para sus ilícitos amores. Y entonces la fiera separa para siempre lo que la lujuria de dichos seres había unido.

Mas en las tierras africanas o en las regiones heladas, lo que impulsa a los hombres hacia los arañazos de Satanás, es siempre el mismo acicate de tres puntas: la concupiscencia de la carne, del dinero, del poder.

Esto es lo que os pone al alcance del que, sin desmayos, "como un león rugiente, ronda a vuestro alrededor".

Recordaos que también Yo fui tentado, tanto en la carne -con el hambre que me mordía las entrañas y con la oferta de alimento carnal para mis sentidos- como en la mente, con la avidez de poder, y en el espíritu, al impulsarme a que tentara a Dios. La imprudencia es una tentación hacia Dios. Tratad de imitarme.

Haced huir a Satanás imitando a Jesús, vuestro Maestro. "No sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra de Dios". "No tentarás al Señor tu Dios". "Adorarás al Señor tu Dios y servirás sólo a Él". Ceñid la carne y el espíritu con las vendas impregnadas de aromas de la Ley de Dios.

El que vive envuelto en ellas preserva su carne y su espíritu de los gérmenes que causan las putrefacciones que llevan a la enfermedad y a la muerte. Ahora basta, María: te dejo ir. Vuelve a tu puesto de dolor. Ya mucho hace por ti la Misericordia concediéndote tales momentos de alivio en esta hora de expiación. Ve, en paz».

 

 

 

Maria Valtorta:
Los cuadernos. 1943; 1944; 1945

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